¿Te imaginas lo que harías si te encontraras con un niño pidiendo enterrar a su propia hermana? No es solo una pregunta retórica, es el comienzo de una historia real que desafiará tu forma de ver el valor de la vida y el poder de un solo gesto de compasión. Roberto Acevedo siempre ha sido un hombre meticuloso, presidente de una gran empresa tecnológica en Recife.
Vivía atrapado en compromisos, números y decisiones que movían millones. A los ojos de los demás, era un hombre exitoso, respetado, sólido, como el hormigón de los edificios, que ayudaba a construir con sus inversiones. Pero detrás de esa fachada había un hombre destrozado.
Desde que perdió a su esposa, 3 años antes, Roberto había convertido su rutina en un escudo. Siempre se despertaba a las 5 de la mañana, revisaba los informes antes del desayuno y se sumergía en el trabajo hasta que no le quedaba espacio para pensar en nada más. Vivir para él se había convertido solo en cumplir tareas.
En aquella bochornosa mañana de diciembre, el sol parecía más cruel de lo habitual. El aire caliente se pegaba a la piel como si quisiera quitarle el aliento a los transeútes. Roberto caminaba por la rua de Aurora, recién salido de una reunión millonaria con inversores extranjeros. Para cualquier otro empresario sería un día de celebración, pero para él no había ningún brillo.
Los acuerdos no eran más que fríos números, incapaces de llenar el silencio que resonaba en su casa desde la muerte de Clara. Mientras cruzaba las concurridas calles del centro histórico, observaba sin ver realmente vendedores ambulantes anunciando sus mercancías en voz alta, turistas fotografiando antiguas mansiones, trabajadores apresurados equilibrando fiambreras de poliestireno.
Todo formaba parte de una coreografía cotidiana que conocía de memoria, pero que ya no le emocionaba. El mundo seguía vivo, ruidoso, lleno de prisa y él por dentro permanecía inerte. Fue entonces cuando lo oyó, un sonido casi ahogado por el ruido de las calles. No era música, no era conversación, era un llanto bajo contenido, pero tan profundo que parecía cargar siglos de dolor.