El sonido de aquella bofetada aún me explota dentro de la cabeza, como un disparo en una habitación cerrada. No fue solo el golpe contra la mejilla de mi hija, lo que heló la mesa entera. Fue el silencio que vino después, denso, espeso, casi criminal.
Estábamos reunidos para una cena familiar aparentemente tranquila cuando mi yerno, con los ojos encendidos de furia, se levantó de su silla y le cruzó la cara con la mano abierta. Vi la cabeza de mi hija girar por la fuerza del impacto y entonces ocurrió lo impensable. La madre de ese hombre sentada a su lado aplaudió. Aplaudió como quien celebra un acto de justicia.
En ese instante supe que algo irrevocable estaba a punto de comenzar. Mi hija no lloró de inmediato. Se quedó inmóvil con la mano cubriéndose la mejilla ardida, los ojos abiertos de par en par, como si el alma se le hubiera quedado suspendida en el aire. Yo me levanté lentamente, sin gritar, sin mover una silla, sin golpear la mesa.
Tenía el corazón galopando dentro del pecho, pero mi voz no me tembló. Miré a todos los presentes, a los que bajaron la cabeza, a los que fingieron no ver, al agresor que aún respiraba con rabia y a la mujer que acababa de aplaudir la violencia como si fuera un espectáculo. Sin decir una palabra, saqué el teléfono del bolsillo y marqué un número que llevaba años sin usar.
La mano de mi yer y todavía estaba en el aire cuando habló su madre con una sonrisa torcida. Eso le pasa por contestona. Nadie reaccionó. Nadie, ni los otros invitados, ni siquiera los que sabían desde hace años lo que ocurría puertas adentro. El aire olía a comida recién servida y a miedo mal disimulado. Mi hija seguía de pie, temblando en silencio.