Un código que significa descarta la radio. Confía en tus instrumentos. Ignora toda comunicación externa. ¿Lo recibiste?, preguntó Cristóbal. Sí. A los 30 minutos de vuelo, fue cuando comprendí que no era un error. Fue cuando comprendí que alguien quería que este avión desapareciera. Carlos hizo una pausa.
Su pecho se movía con dificultad, pero yo tenía opciones. Podría haber continuado. Podría haber volado directamente hacia las coordenadas que me estaban dando, avanzar ciegamente hacia lo que parecía ser una trampa. Pero entonces noté algo. Un iceberg, un maldito iceberg donde no debería haber icebergs. Estaba en el radar, pero no en nuestras rutas predeterminadas.
¿Y decidiste impactar contra él?”, preguntó Cristóbal. “Decidí que era mejor un accidente de aviación por error de navegación que desaparecer en aguas abiertas donde nunca encontrarían los restos. Si impactaba el iceberg, aunque fuera un impacto simulado, habría evidencia. Habría un lugar donde buscar, habría un récord de lo que sucedió.” Cristóbal comprendió entonces.
Carlos Fuentes había tomado una decisión desesperada en un momento de crisis. Había sacrificado su avión, sus pasajeros, todo, con la esperanza de que el impacto contra el hielo sería menor que lo que lo esperaba si continuaba obedeciendo órdenes falsas. Había salvado a cuatro personas, pero 156 habían muerto en el proceso. “¿Pero por qué no fue encontrado?”, insistió Cristóbal. “Un avión que impacta un iceberg debería generar alertas.
¿Debería ser investigado. “Los activé.”, dijo Carlos. Encendí todos los beacons, los dispositivos de emergencia, todo. Pero mira dónde estamos, Cristóbal. Mira dónde impacté. Este lugar no está en ningún mapa. No está en ninguna ruta comercial, no está en ninguna zona de búsqueda oficial.
Envié una transmisión de emergencia justo antes del impacto, declarando nuestras coordenadas, pero la señal fue débil y luego, después del impacto, todo se fue. Las baterías se agotaron. El sistema se congeló y simplemente desaparecimos. Pero alguien tenía que saber, insistió Cristóbal. Alguien tenía que estar buscando. Buscaban, confirmó Carlos, pero no aquí.
Buscaban donde se suponía que el avión debería estar. Según los registros oficiales, AF447 desapareció en aguas abiertas. Hubo búsqueda de rescate, hubo investigación, pero después de tres semanas con ningún signo de restos, ningún signo de supervivientes, simplemente cesó. La aerolínea emitió comunicado sobre la pérdida total. Las familias fueron notificadas. El mundo continuó.
Cristóbal se sentó. Sus piernas simplemente se dieron bajo su peso. Entonces el avión desapareció intencionalmente. Alguien lo hizo desaparecer. Alguien, sí, alguien que tiene poder en las torres de control. Alguien que puede transmitir códigos. Alguien que quería que estas 160 personas no llegaran a su destino.
¿Sabes quién?, preguntó Cristóbal. Carlos negó con la cabeza. No, pero sé que no fue accidental. Sé que fue coordinado y sé que si hubiéramos continuado en la ruta que nos daban, simplemente habríamos desaparecido sin dejar rastro. Cristóbal se levantó, caminó hacia la ventana de la cabina, miró hacia afuera, hacia el hielo blanco, hacia la isla en la distancia, hacia el océano que los rodeaba. Había un avión que fue hecho desaparecer.
Había 160 personas cuyas vidas fueron borradas de los registros oficiales. Había familias que creían que sus seres queridos estaban muertos. Había un piloto que había cometido un acto de defensa desesperada contra poderes que no podía nombrar.
Y había un hombre que había estado solo en una isla durante 3 años, sin saber que justo a 3 km de distancia personas estaban muertas en el hielo. La verdad congelada estaba en todas partes. En el hielo, en los cuerpos, en las palabras de Carlos, en la historia que nadie sabría completamente. ¿Qué sucederá cuando contemos esto?, preguntó Cristóbal. Carlos lo miró con ojos que contenían toda la sabiduría trágica de alguien que había estado viviendo con esta verdad durante tres semanas.
No sé, dijo simplemente, “Pero creo que somos testigos de algo que alguien querría mantener secreto y creo que ese alguien sabe que estamos vivos.” Fue en ese momento cuando Lucía entró corriendo en la cabina. Cristóbal, vengan rápido. El piloto, el otro, está despertando y está diciendo cosas. Cristóbal y Carlos intercambiaron una mirada.
Ambos comprendieron en ese instante que la verdad congelada estaba a punto de comenzar a descongelarse y no estaban seguros de qué traería consigo cuando lo hiciera. El tercer superviviente era el copiloto. Se llamaba Rafael Moreno. Tenía 32 años y había estado inconsciente durante tres semanas por una combinación de hipotermia, desnutrición y una lesión en la cabeza que había sufrido durante el impacto. Pero ahora estaba despierto y lo primero que hizo fue pedir la radio.
“Necesito comunicarme con alguien en tierra”, dijo débilmente. “Necesito que registren mis nombres.” Ambos nombres. Cristóbal, Carlos y Tomás lo miraron con confusión. “Ambos nombres”, preguntó Cristóbal. “Rafael Moreno es mi nombre profesional, mi nombre de piloto”, explicó Rafael respirando con dificultad.