Náufrago 3 Años Sin Rescate Halló Iceberg En Isla Remota—Vio Avión En Hielo Con 160 Pasajeros

Su cuerpo, consumido por 3 años de supervivencia mínima, definitivamente era lo suficientemente delgado. Se acercó a la abertura. El interior era oscuro, olía a algo, combustible, metal oxidado y algo más, algo que hizo que se parara en seco. Era olor a vida, olor a humano. Su voz salió ronca, sin usar en miles de días.

Hola, ¿hay alguien aquí? El silencio fue aplastante. ¿Hay alguien? Gritó más fuerte. Pausa. Cristóbal aguantó la respiración y entonces, débilmente, como si viniera de muy lejos, como si viniera del fondo del océano del tiempo, escuchó algo, un sonido. No era viento, no era el crujido del hielo, era una voz humana, débil, asustada, pero era una voz.

Cristóbal no pensó, simplemente actuó. Su cuerpo, movido por instinto puro, se metió por la grieta en el hielo. El espacio era tan estrecho que tuvo que respirar profundamente para comprimirse, deslizándose como una serpiente entre el fuselaje y el hielo cristalizado. Sus ojos se ajustaron lentamente a la oscuridad.

El interior del avión era un caos congelado, asientos desgarrados, maletas dispersas, cables colgando, todo cubierto de una capa delgada y brillante de hielo. Pero lo que más notó fue el silencio. Un silencio que no era simplemente la ausencia de sonido, era un silencio que pesaba, que sofocaba, que hacía que cada respiración sonara como un grito en una catedral vacía. Hola! llamó Cristóbal nuevamente.

Su voz rebotó en las paredes del fuselaje. ¿Dónde estás? Aquí, atrás, cabin, cabina trasera. La voz era débil, temblando. Era de una mujer joven asustada. Cristóbal se arrastró hacia adelante pasando sobre restos de equipaje congelado. Sus pies descalzos tocaban superficies frías que quemaban. Sus manos sangraban cuando tocaba metal oxidado, pero seguía avanzando.

La cabina trasera, más oscura, más fría, más desértica, entonces la vio. Una mujer estaba acurrucada en una posición imposible, sus brazos alrededor de sus rodillas, su cuerpo prácticamente transparente bajo la ropa mojada que se había congelado en capas. Su piel era azul, sus labios eran casi negros. Sus ojos, cuando miraron a Cristóbal reflejaban una mezcla de esperanza y terror puro.

“Soy soy real”, murmuró ella. No era una pregunta, era casi una súplica. “Eres real, no es otra alucinación.” Cristóbal no respondió, simplemente se acercó. Extendió su mano. Puedes moverte. ¿Dónde más hay gente? La mujer miró su mano como si fuera un arma. Luego lentamente la agarró.

Su piel era como agarrar hielo, sin calor, sin pulso aparente. “¡Hay más”, dijo ella con dificultad. “Tres en la cabin del piloto. Uno muerto, uno no sé, no se mueve.” Y el piloto está vivo. Creo que está vivo. Cristóbal tiró de ella hacia arriba. Su cuerpo fue increíblemente ligero. Casi no pesaba nada, como levantar un esqueleto envuelto en ropa.

“¿Cuánto tiempo llevan aquí?”, preguntó mientras la ayudaba a moverse. No, no sé. Días, semanas. Perdí la cuenta. El frío es todo frío y oscuridad. Después del impacto nos dijeron que nos quedáramos quietos, que el rescate vendría, que esperáramos. Así que esperamos y esperamos y el frío entró y entró y la gente dejó de hablar y su voz se detuvo. Se había quedado en silencio como si el esfuerzo mental hubiera agotado sus reservas finales.

“Tu nombre”, preguntó Cristóbal. Lucía, Lucía Romero. Fui a Zafata de vuelo. Dios mío, fui a Zaf hace mucho tiempo. Cristóbal la guió hacia la cabina del piloto. Cada paso era peligroso. El hielo hacía que todo fuera resbaladizo. Lucía tropezaba constantemente y solo su agarre en el brazo de Cristóbal la mantenía de caer. La puerta de la cabina estaba parcialmente congelada.

Cristóbal tiró de ella, se abrió con un crujido de hielo que se rompía. Adentro había tres cuerpos. Uno estaba claramente muerto, congelado en una posición imposible. Sus ojos abiertos, pero sin ver. Cristóbal desvió la mirada. El segundo estaba inconsciente, un hombre de mediana edad con un uniforme de piloto parcialmente desgarrado.

Su pecho se movía apenas superficialmente, como si la vida apenas tuviera un hilo que lo mantuviera conectado a este mundo. El tercero se movió cuando Cristóbal entró. Agua susurró. Por favor, agua. Este hombre era mayor, tal vez 60 años. Sus ojos se enfocaron en Cristóbal con dificultad, como si viera a través de un vidrio nublado. ¿Quién eres? Rescate. Soy. Estoy aquí para ayudar, dijo Cristóbal. No sabía cómo responder a la pregunta.

¿Quién era él? Era rescate. Podía ser rescate si estaba más muerto que vivo. El piloto continuó el hombre. Carlos Fuentes. Fue fue extraordinario. Nos salvó. Cuando la comunicación se cortó, cuando todo se volvió loco, él, el hombre toció. Sangre salió de sus labios. Él nos trajo aquí. Impactó el iceberg a propósito.

Dijo que era nuestra única oportunidad, que el hielo nos protegería, que resistiría el impacto mejor que cualquier océano abierto. Cristóbal miró al piloto inconsciente. ¿Cuándo fue el impacto? Hace tres semanas o un mes, no sé. El tiempo no existe en el hielo. Tres semanas o un mes.

El iceberg había encallado en la playa esa noche después de una deriva de semanas a través del océano. Habían sobrevivido juntos el avión y el hielo durante una cantidad de tiempo que parecía imposible. Una travesía congelada a través de aguas que nunca deberían haber permitido que nada permaneciera intacto. ¿Cuántos pasajeros había? Preguntó Cristóbal. 160. Un vuelo de conexión de Miami. A Ah.

El hombre cerró los ojos. Lo siento, no puedo recordar. Nada tiene sentido. 160 pasajeros. Cristóbal miró alrededor. Vio solo a cuatro personas vivas o más bien semivas. ¿Dónde están los demás?, preguntó. El hombre señaló hacia la parte trasera. Atrás. Los evacuamos después del impacto. Creíamos que el hielo se derretiría.

Creíamos que habría rescate. El piloto Carlos dijo que encendiera los beacons de emergencia, que alguien vendría, que solo teníamos que aguantar. Así que los pusimos en la parte más elevada del avión, donde sería más visible, donde vendría el rescate. Cristóbal sintió que algo frío se movía en su pecho, algo que no era el frío del hielo.

“Móstrame”, dijo el hombre intentó levantarse, no pudo. Cristóbal lo ayudó juntos. se tambalearon hacia el interior del fuselaje, hacia la sección de pasajeros. Lo que encontraron fue un cementerio, filas de pasajeros congelados en sus asientos, algunos con sus cabezas inclinadas como si durmieran, otros mirando hacia adelante como si esperaran que algo sucediera. Todos ellos quietos, todos ellos muertos.

156 personas, 156 historias, 156 vidas que habían estado en un avión hacia una conexión que nunca tuvieron. Cristóbal no pudo mirar más. Tenemos que sacarlos de aquí, dijo. Todos los que aún viven, tenemos que llevarlos a tierra firme. Tenemos que encontrar una manera de hacer que alguien sepa que estamos aquí.