MADRE HUMILDE CONSUELA A UN NIÑO LLORANDO… SIN SABER QUE SU PAPÁ MILLONARIO LA ESTABA MIRANDO…

Ricardo la siguió dejando a Claudia sola en la mesa. “Esperanza, espera”, gritó alcanzándola en la calle. “¿Puedo explicarte todo?” Explicarme qué?”, gritó ella con lágrimas corriendo por su rostro. “¿Que estás casado? ¿Que me has estado mintiendo todo este tiempo? No, no es lo que piensas. Claudia murió hace 5 años. Hubo un accidente. Yo estuve en el funeral.

Yo, pues evidentemente no está muerta”, gritó Esperanza. Está ahí sentada como si nada. Ricardo se pasó las manos por el cabello desesperado. No entiendo qué está pasando. Esto es imposible. Ella no puede estar viva. Pero lo está, dijo Esperanza secándose las lágrimas. Y yo soy la idiota que creyó que un hombre como tú podría enamorarse de una mujer como yo. Esperanza, por favor.

No lo interrumpió. Esto se acabó. No voy a ser la amante de nadie. No voy a ser esa mujer. Tú no eres mi amante, eres el amor de mi vida. Díselo a tu esposa! Gritó ella subiendo a un taxi que pasaba. Ricardo se quedó parado en la acera, viendo alejarse el taxi que llevaba a la mujer de la que se había enamorado.

Lentamente regresó al restaurante donde Claudia lo esperaba con una copa de vino en la mano. “Vaya, eso fue dramático”, dijo ella, “Aunque debo admitir que es muy bonita. Entiendo la atracción. ¿Qué quieres, Claudia?”, preguntó Ricardo, sentándose frente a ella.

“¿Por qué fingiste tu muerte? ¿Dónde has estado estos cinco años?” “En París, principalmente, algunos meses en Londres, viviendo la vida que siempre quise vivir. ¿Y por qué regresas ahora?” Claudia sonrió, pero era una sonrisa calculadora. Porque vi las fotos en las revistas sociales. Mi querido esposo rehaciendo su vida con una vendedora de empanadas. Eso no puede ser bueno para tu imagen, Ricardo.

Mi imagen no me importa. Debería importarte. Y también debería importarte, Mateo. Ese niño es mi hijo tanto como tuyo. Tú abandonaste a Mateo. Explotó Ricardo. Fingiste tu muerte y lo dejaste sin madre. Fue un error, admitió Claudia. Pero ahora quiero enmendarlo. Quiero recuperar a mi familia. No hay familia que recuperar.

Mateo y yo hemos seguido adelante con la empleada doméstica. Ricardo, por favor, sabes que eso no puede durar. Ricardo se levantó furioso. Esperanza vale más que tú y que toda tu familia junta. Puede ser, dijo Claudia manteniéndose calmada. Pero yo soy tu esposa. Legalmente todavía estamos casados.

Legalmente Mateo es mi hijo. La amenaza implícita era clara. Ricardo sintió un frío que le llegó hasta los huesos. ¿Qué quieres exactamente? Quiero que volvamos a ser una familia, tú, yo y Mateo, como debe ser. ¿Y si me niego? Claudia sonrió y esta vez la sonrisa fue completamente fría.

Entonces, mis padres van a tener que tomar medidas legales para proteger a su nieto de la influencia de personas inapropiadas. Ricardo entendió perfectamente. Claudia y los herreras lucharían por la custodia de Mateo si él no terminaba con esperanza. Esa noche, cuando llegó a casa, encontró a Mateo esperándolo en la sala. “Papá, ¿dónde está Esperanza?”, preguntó el niño. Se suponía que íbamos a hacer la tarea juntos.

“Esperanza no va a venir más, hijo. ¿Por qué no hizo algo malo?” Ricardo se arrodilló frente a su hijo con el corazón roto. No, Mateo, no hizo nada malo. Es solo que las cosas son complicadas. Es porque mamá regresó. Ricardo se quedó helado. Mateo sabía sobre Claudia. ¿Cómo sabes eso? Está en la cocina, dijo Mateo.

Simplemente dice que es mi mamá, pero yo no la recuerdo. Y dice que Esperanza no puede volver más. Ricardo corrió hacia la cocina y encontró a Claudia sirviéndose un café como si fuera la dueña de la casa. ¿Qué le dijiste a Mateo? La verdad que soy su madre y que he vuelto a casa. Tú no eres su madre, gritó Ricardo. Una madre no abandona a su hijo.

Una madre hace lo que tiene que hacer para proteger a su hijo respondió Claudia calmadamente. Y yo voy a proteger a Mateo de esa mujer. Esa noche Ricardo no durmió. Sabía que tenía que elegir entre Esperanza y Mateo, y por mucho que le doliera, sabía cuál era la única elección posible. Su hijo era lo más importante, aunque eso significara renunciar al amor de su vida. Dos. Dos.

Tres meses habían pasado desde aquella noche terrible en el restaurante. Esperanza había vuelto a vender empanadas en las calles, pero ahora tenía un pequeño puesto fijo en el centro gracias al dinero que había ahorrado trabajando para Ricardo.

Santiago había crecido y ya gateaba por todas partes, llenando de alegría los días grises de su mamá. Pero las noches eran diferentes. Las noches eran cuando Esperanza no podía evitar pensar en Ricardo, en Mateo, en la familia que por un momento había creído posible. “Mami triste.” Balbuceó Santiago tocando las lágrimas en las mejillas de su madre. No, mi amor”, mintió Esperanza cargándolo.

“Mami está bien, pero no estaba bien. Su corazón se había roto en mil pedazos y no sabía cómo repararlo. Peor aún, había visto las fotos en las revistas Ricardo, Claudia y Mateo en eventos sociales, sonriendo para las cámaras como la familia perfecta. Esa tarde, mientras preparaba empanadas para el día siguiente, alguien tocó a su puerta.

Su corazón se aceleró por un momento pensando que podría ser Ricardo, pero cuando abrió encontró a una mujer mayor que no conocía. Esperanza Morales, preguntó la señora. Sí, soy yo. Soy Carmen, la asistente del señor Mendoza. ¿Podemos hablar? Esperanza sintió que el estómago se le revolvía. ¿Qué querría Ricardo ahora? El señor Mendoza no sabe que estoy aquí, aclaró Carmen como si hubiera leído sus pensamientos. Vine por mi cuenta porque estoy preocupada por Mateo.

¿Qué pasa con Mateo?, preguntó Esperanza inmediatamente alertada. Está muy mal, señora. Desde que usted se fue no ha vuelto a ser el mismo. No come bien, no duerme, llora por las noches pidiendo por usted. Sus notas bajaron otra vez. Volvió a pelearse en el colegio. Esperanza sintió que se le partía el corazón. ¿Y su mamá? ¿No lo consuela? Carmen suspiró profundamente.

La señora Claudia, ella no es exactamente maternal, pasa la mayor parte del tiempo en eventos sociales. Mateo dice que ella lo mira como si fuera un extraño. ¿Por qué me cuenta esto?, preguntó Esperanza. Yo ya no trabajo ahí. Porque ese niño la necesita, dijo Carmen con urgencia. Y porque el señor Ricardo también la necesita.

Aunque no se atreva a admitirlo, Ricardo está casado, tiene una familia. ¿Sabe usted por qué la señora Claudia fingió su muerte? Esperanza negó con la cabeza, porque estaba teniendo un romance con su instructor de tenis francés. Quería empezar una nueva vida con él en Europa, pero no quería pasar por un divorcio escandaloso que afectara la fortuna familiar.

Esperanza se quedó sin palabras. El plan era desaparecer para siempre”, continuó Carmen. “Pero el francés la dejó el año pasado y ahora ella ha vuelto porque necesita dinero. Los Herrera perdieron mucho en malas inversiones. Ricardo sabe esto, lo sospecha, pero Claudia y sus padres lo tienen amenazado. Si él no acepta el regreso de ella, van a luchar por la custodia de Mateo.

Dicen que usted es una mala influencia. La rabia creció en el pecho de esperanza. ¿Cómo se atrevían a decir eso de ella? Señora Esperanza, dijo Carmen tomando sus manos. El señor Ricardo la ama. Lo veo en sus ojos cada día. Está muriendo por dentro, pero cree que está protegiendo a Mateo. ¿Y qué puedo hacer yo? No puedo luchar contra gente tan poderosa.

Puede luchar por el amor, dijo Carmen, y puede luchar por Mateo. Ese niño la considera su verdadera madre. Esa noche Esperanza no durmió pensando en las palabras de Carmen. Al día siguiente tomó una decisión que cambiaría todo. Mateo estaba sentado solo en el jardín de la casa, jugando tristemente con una pelota.