MADRE HUMILDE CONSUELA A UN NIÑO LLORANDO… SIN SABER QUE SU PAPÁ MILLONARIO LA ESTABA MIRANDO…

Vivía en un apartamento diminuto en Ciudad Bolívar con su hijo Santiago de 6 meses. Sin familia conocida, trabajaba de sol a sol apenas para sobrevivir. Es complicado, hijo. ¿Por qué? Mateo lo miró con esos ojos que le recordaban tanto a Claudia. Ella me escuchó cuando lloraba. Tú nunca me escuchas cuando lloro.

La verdad dolía más que cualquier golpe físico. Ricardo sabía que su hijo tenía razón. Desde la muerte de Claudia 5 años atrás se había refugiado en el trabajo, construyendo un imperio empresarial, pero destruyendo su relación con lo único que realmente importaba. ¿Qué te parece si le ofrecemos trabajo? dijo finalmente, “Podría cuidarte por las tardes cuando yo esté en la oficina.

” Los ojos de Mateo se iluminaron como luces de Navidad. En serio, Esperanza vendría a vivir con nosotros. No a vivir, solo a trabajar unas horas. Pero mientras decía las palabras, Ricardo sintió una punzada extraña en el pecho. La idea de ver a Esperanza todos los días no le parecía solo práctica, le parecía necesaria.

En Ciudad Bolívar, Esperanza caminaba por los pasillos del centro de salud con Santiago en brazos. El bebé había desarrollado una tos que no mejoraba y los medicamentos que necesitaba costaban más de lo que ella ganaba en una semana.

Señora Morales, dijo la doctora, una mujer mayor con cara amable, Santiago necesita estos antibióticos urgentemente. Su bronquitis puede complicarse si no la tratamos ahora. Esperanza miró la receta con el corazón encogido. 200,000 pesos. Podría conseguirlos vendiendo empanadas durante dos semanas, pero para entonces sería demasiado tarde. ¿No hay algo más barato?, preguntó con voz temblorosa. Me temo que no.

Este es el tratamiento que necesita. Esperanza salió del consultorio con lágrimas en los ojos. Santiago tosía en sus brazos, cada sonido como una apuñalada en su corazón de madre. “¿Qué voy a hacer, mi amor?”, le susurró. “Mamá va a conseguir esa plata, te lo prometo.” En el bush de regreso, su teléfono sonó. Número desconocido. “Aló, señora Esperanza Morales.

” Habla Carmen Ruiz, asistente del señor Ricardo Mendoza. Él querría hablar con usted sobre una propuesta de trabajo. Esperanza casi dejó caer el teléfono. Ricardo Mendoza, el papá de Mateo. Trabajo murmuró. Sí, señora. ¿Podría venir mañana a las 10 de la mañana a las oficinas de Mendoza Holdings? Está en la zona rosa. Esperanza miró a Santiago, que tosía débilmente en sus brazos. No tenía opción. Sí, ahí estaré.

Las oficinas de Mendoza Holdings ocupaban tres pisos de un edificio de cristal que parecía tocar las nubes. Esperanza se sintió diminuta al entrar con su único vestido decente y sus zapatos gastados. “Señora Morales, la recibió Carmen, una mujer elegante de mediana edad. El señor Mendoza la está esperando.” Ricardo se levantó cuando ella entró a su oficina.

Se veía diferente con su traje perfectamente cortado y su cabello peinado hacia atrás. Pero sus ojos seguían teniendo esa tristeza que ella había notado bajo la lluvia. Esperanza, gracias por venir. ¿Cómo está, Santiago? La pregunta la sorprendió. No esperaba que recordara el nombre de su hijo. Está Está enfermo. Admitió sin poder ocultar la preocupación en su voz. ¿Qué tiene? Bronquitis.

necesita medicamentos que yo que no puedo costear ahora mismo. Ricardo sintió una punzada de dolor al ver la vulnerabilidad en sus ojos. Esta mujer había ayudado a su hijo sin pedir nada a cambio y ahora luchaba sola por salvar al suyo. Esperanza. Quiero ofrecerle trabajo. Mateo la ha estado pidiendo desde aquel día. Necesito alguien que lo cuide por las tardes, alguien en quien pueda confiar. ¿Por qué yo? preguntó ella.

Usted puede contratar a cualquier niñera profesional, porque mi hijo sonrió más en esos 5 minutos con usted que en los últimos 5 años conmigo. El silencio llenó la oficina. Esperanza miró por la ventana hacia la ciudad que se extendía abajo, un mundo completamente diferente al suyo. ¿Cuánto pagaría?, preguntó finalmente,500,000 pesos al mes, medio tiempo, y el seguro médico de Santiago correría por cuenta de la empresa. Era tres veces lo que ganaba vendiendo empanadas.