Cualquier persona habría hecho lo mismo. No dijo Ricardo mirándola directamente a los ojos. No cualquier persona. Usted dio su chaqueta a un niño desconocido mientras cargaba a su propio bebé bajo la lluvia. Eso no es común. Eso es extraordinario. Por primera vez Esperanza no supo que responder. Este hombre la miraba como si fuera algo valioso, algo especial.
Nadie la había mirado así jamás. “Tengo que irme”, murmuró finalmente. Santiago se va a enfermar con este frío. “Al menos deje que los llevemos a casa”, ofreció Ricardo. “Es lo mínimo que puedo hacer.” Esperanza lo miró con desconfianza. Los hombres ricos siempre querían algo a cambio. No, gracias. ¿Podemos tomar el bus? Por favor, insistió Mateo tomándola de la mano.
Mi papá no es malo, solo está triste siempre. La inocencia de esas palabras desarmó completamente a esperanza. Miró a Ricardo y vio algo que no esperaba. Dolor genuino, arrepentimiento real. “Está bien”, susurró. Pero solo hasta la estación del Transmilenio. Mientras caminaban hacia el auto, ninguno de los tres sabía que ese encuentro bajo la lluvia cambiaría sus vidas para siempre.
Esperanza no sabía que acababa de conocer al hombre, que se convertiría en el amor de su vida. Ricardo no sabía que acababa de encontrar a la mujer, que le enseñaría a ser padre y a amar de nuevo. Y Mateo no sabía que acababa de encontrar a la madre que siempre había necesitado. La lluvia seguía cayendo, pero por primera vez en mucho tiempo ninguno de los tres se sentía completamente solo. Dos. Dos.
Ricardo no había podido dormir en tres semanas. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de esperanza bajo la lluvia, protegiendo a su hijo con una ternura que él mismo había olvidado cómo mostrar. “Papá, ¿cuándo vamos a ver otra vez a la señora bonita?”, preguntó Mateo por enésima vez durante el desayuno, moviendo sus cereales sin comerlos.
“Se llama Esperanza”, corrigió Ricardo, sorprendiéndose a sí mismo por recordar su nombre con tanta claridad. ¿La vas a llamar? Ricardo dejó su café sobre la mesa. Había mandado a investigar discretamente a Esperanza Morales, 23 años, madre soltera, vendedora ambulante de empanadas.