—¡Feliz cumpleaños, señor Mauro! —dijo la niña con una sonrisa luminosa. —Mamá dice que nadie debería comer solo en su cumpleaños.
La garganta de Mauro se cerró. Miró a Inés, que se limpiaba los ojos. A Eusebio, que disimulaba tosiendo. No dijo una palabra. Solo se acercó lentamente, cortó un trozo. Diminuto.
—Está delicioso —murmuró.
Sofía aplaudió feliz. Por primera vez en décadas, la casa resonó con risas. El sonido era agudo, limpio, una bofetada al silencio. Mauro sintió que Elena reía en algún rincón.
Al caer la noche, se quedó mirando el pastel. Recordó las palabras de su esposa: Lo importante no es soplar las velas, sino tener a alguien que te mire mientras lo haces.
Entendió. El destino le había devuelto esa mirada.
Subió las escaleras. En el pasillo, un sobre. Otro dibujo. El sol. La Casa Grande. Y esta vez, tres figuras tomadas de la mano. En el reverso: Feliz cumpleaños, señor, que ya no vives solo.
Mauro apoyó la espalda en la pared. Sonrió sin darse cuenta. Y lloró. Una lágrima caliente y lenta.
IV. La Peineta y la Prueba de Amor
La calma duró poco. Isidora Valderrama, la sobrina, irrumpió desde Sevilla. Paso firme. Abrigo caro. Mirada de fiscal.
—¿Y esta mujer? —preguntó con desdén al ver a Inés.
—Una empleada temporal —replicó Mauro, seco.
Sofía, ajena, se acercó. —Soy Sofía. Yo dibujo cosas bonitas para el señor Mauro.
Isidora la miró de arriba abajo. Veneno helado. El pueblo habla, tío. No querrás chismes.
La tensión se rompió por la tarde. Eusebio temblaba. —Señor, la señorita Isidora acusa a la niña de haber robado una peineta de plata.
—¡Qué tontería! —rugió Mauro.
Subió las escaleras. Sofía lloraba, aferrada a su madre. —¡No he tocado nada, lo juro!
Isidora, con gesto triunfal, sostenía una joya. —¿Quieres negar que la encontré en su cuarto?
—Basta —ordenó Mauro. Tomó la peineta.
—Eusebio. Las llaves del despacho. Vamos a revisar las cámaras.
En menos de un minuto, los cuatro estaban frente a la pequeña pantalla. El vídeo era mudo. Isidora, mirando alrededor, entrando en el cuarto de servicio, y dejando caer algo sobre la cama. Luego, saliendo con una sonrisa fría.
Nadie habló.
Isidora palideció, bajó la cabeza. Derrotada.
Mauro la miró. Una mezcla de decepción y dolor. —Eres de mi sangre, Isidora. Pero ellas son más familia que tú.
La mujer recogió sus cosas. Se marchó. El portón de hierro se cerró con un golpe seco, final.
Sofía corrió a abrazar a Mauro. Él, sin saber qué hacer, le acarició el cabello. —Ya está, pequeña. Nadie te volverá a hacer daño.
Esa noche, frente a las brasas, Mauro murmuró: —Gracias, Elena, por enviarme a esta niña. Aflojó el nudo de su corbata. Dejó el bastón. Por primera vez, se sintió ligero.
V. El Hogar Que Repara
Dos semanas después, Mauro llamó a Inés al despacho. Sobre la mesa, una carpeta de documentos.
—He decidido algo. Quiero que tú y tu hija se queden en este cortijo.
—¿Quedarnos? —Inés estaba desconcertada.
—Sí. Lo necesito. Y creo que ella también. Se trata de reparar.
Sofía entró, manos manchadas de pintura. Dejó la hoja sobre la mesa. El sol, la casa, y tres personas tomadas de la mano.
—¿Quiénes son? —preguntó él con una sonrisa.
—Usted, Mamá, yo. Ahora sí somos familia, ¿verdad?
Mauro se levantó lentamente. Le acarició el cabello.
—Sí, Sofía. Ahora sí.
Eusebio, escuchando desde el pasillo, sonrió. A la mañana siguiente, colgó todos los dibujos de Sofía en la pared del salón. Incluido el primer sol torcido.
Justo debajo, colocó una placa, sencilla, de latón. Decía:
Aquí Volvió a Reír la Casa Valderrama.
Esa noche, en el pueblo, entre luces de Navidad y guitarras flamencas, Sofía subió a un escenario improvisado y cantó un villancico. El corazón de Mauro se apretó. Vio a Inés, ella le tomó la mano.
—Gracias —le susurró él, la voz rota—, por devolverme el tiempo que creía perdido.
De regreso al cortijo, Sofía dormía en el hombro de Mauro.
Eusebio los esperaba en la entrada. Con una manta. Con una sonrisa.
—Bienvenidos a casa, familia.
Mauro dejó una nota junto al retrato de Elena: Lo he entendido. No se trata de sangre, sino de amor.
Subió a la habitación de la niña. La arropó. La luz de la luna filtrándose. Antes de cerrar la puerta, Sofía murmuró dormida:
—Buenas noches, abuelo.
Y él, con los ojos húmedos, respondió en un susurro.
—Buenas noches, mi niña.
Fuera, la luna de Andalucía brillaba. El viejo cortijo, por fin, volvió a soñar.