La Risa Que Rompió el Mármol

—¿Por qué vives solo, señor?

La pregunta, tan simple, tan brutalmente sincera, le dio un puñetazo en el estómago. Mauro Valderrama, dueño de viñedos y de una fortuna, no tuvo respuesta.

II. El Dibujo Que Quema
La mañana llegó con un olor a café caliente y humedad. Inés Roldán, la madre, se despertó en el sofá. Su hija, Sofía, dormía profundamente. El viejo patrón ya estaba en el comedor, leyendo el periódico, inamovible.

Eusebio, con manos temblorosas, dejó pan tostado y leche caliente. —La niña tiene fiebre leve, señor.

Mauro no alzó la vista. Dureza, no desprecio. Solo la costumbre de quien no tiene interés en nada. Inés se presentó. Buscaba trabajo en las bodegas.

—No contrato a desconocidos —murmuró Mauro, doblando el papel.

—Señor, puede ayudar en la cocina. Y la niña… se queda conmigo. En el jardín —intervino Eusebio, una súplica velada.

El silencio se alargó. La niña, Sofía, entró frotándose los ojos. —Buenos días —dijo, sonriendo tímidamente. Se acercó al fuego. Estaba viva.

Mauro cedió. —Una semana. Nada más.

Así comenzó una rutina improbable. Inés limpiaba. Sofía seguía a Eusebio, preguntando sobre flores y pájaros. Y Mauro… observaba. Desde la ventana de su despacho. Sentía el eco de las risas de la niña y un nudo que se apretaba en su garganta.

Un día, revisando documentos, encontró un papel amarillento. Un dibujo infantil. Un sol torcido. Y una palabra escrita con trazo tembloroso: Papá. No recordaba haberlo visto. Lo guardó en un cajón. Cerró con llave. ¿Por qué su corazón latía con esa fuerza olvidada?

Aquella tarde, Sofía se sentó en el umbral de su estudio a dibujar. Mauro fingió trabajar. Horas después, la madre vino a buscarla. Sofía dejó una hoja doblada sobre el escritorio.

Mauro la abrió. Otro dibujo. El mismo sol. Pero esta vez, dos figuras bajo él. Abajo, se leía: Para el Señor que vive solo.

Se quedó mirando. Afuera, un atardecer dorado. Dentro, algo se resquebrajaba.

Esa noche, no durmió. Tomó el retrato de Elena y el bebé. Abrió el cajón. Comparó el dibujo viejo, de hacía veinte años, con el de Sofía. El sol. La curva era idéntica. No era la letra. Era el mismo trazo, el mismo impulso infantil que dibuja un sol.

A la mañana siguiente, la llamó.

—¿Su hija tiene padre reconocido? —preguntó sin rodeos.

Inés palideció. —Es un apellido común —dijo rápido, pero su voz tembló.

Mauro no se detuvo. Cada gesto de Sofía, la risa, los pasos pequeños, removían un recuerdo que no sabía que aún poseía. Esa tarde, encontró otro papel bajo la puerta del despacho.

No era un dibujo. Era una frase. Gracias por dejarme jugar aquí. Mi mamá dice que usted tiene los ojos tristes.

Sostuvo el papel contra la luz. Sus manos temblaban. La niña, sin saberlo, estaba curando un alma que él había dado por muerta. Mauro Valderrama, el hombre que no reía, sintió por primera vez que quería quedarse en el mundo de los vivos.

III. El Cumpleaños Que No Existía
El día de su cumpleaños llegó. Frío. Silencioso. Nadie lo mencionó, salvo Eusebio.

—Hoy cumple setenta y dos años, señor.

—No tiene importancia —respondió Mauro.

Pero Sofía lo había escuchado. A media tarde, Eusebio llamó a la puerta. —Señor, debe ver esto.

Mauro salió refunfuñando. Se detuvo en seco en el patio.

En medio del suelo de piedra, Sofía había colocado velas encendidas. Formaban el número 72. Sobre una mesa, un pastel diminuto hecho con pan y mermelada. Una sola vela roja.