La Risa Que Rompió el Mármol

I. El Eco de los Pasos Muertos
El aire en el viejo Cortijo Valderrama olía a castigo. A madera envejecida y a un vino rancio, dulce, que ya nadie bebía. Don Mauro Valderrama no vivía. Subsistía. Era una estatua de mármol con el pulso lento, rodeado de retratos que le devolvían una vida que había incinerado hacía veinte años. Perdió a Elena, perdió un futuro, y luego perdió la voz.

Cada noche, cenaba solo. La luz del candelabro se reflejaba en las copas vacías, dispuestas para una cena a la que nadie llegaría. El silencio era su cómplice. Su única compañía, el viejo mayordomo, Eusebio, que solo se atrevía a dejar el café y a retirarse.

—Don Mauro, vendrán días mejores —decía Eusebio, una frase ritual, inútil.

Mauro, con su bastón impecable, solo asentía. Piedras. Sus palabras eran piedras que nadie podía mover.

Una tarde de noviembre, el cielo se rompió. La lluvia no caía; golpeaba los azulejos del patio. El viento aullaba como un animal herido. Mauro estaba frente al fuego, mirando el retrato más doloroso: Elena. Ella sonreía, sosteniendo a un bebé que la muerte le arrebató antes de que él pudiera conocerlo. Aquella imagen era su infierno privado.

CRASH. Un trueno.

Luego, un sonido distinto. Golpecitos. Débiles, desesperados, en el portón de hierro.

Eusebio dudó. Ningún alma viva llamaba a esa hora. Abrió. Frente a él, bajo un paraguas destrozado, una joven mujer con un rostro agotado. Y aferrada a su falda, una niña. Empapada, pequeña, temblando.

—Perdone. Solo un momento. Llevamos horas caminando.

Mauro se detuvo en el pasillo, su figura alta recortada contra la luz de la chimenea. Sus ojos, fríos como hielo, se clavaron en la niña. Grandes. Inocentes. El cabello oscuro pegado a la frente. Por un segundo, creyó ver un espejismo de su pasado.

No habló. No preguntó. Con un gesto seco, asintió.

—Eusebio, tráigales una manta.

Mientras el mayordomo se apresuraba, la niña se acercó al fuego. El calor parecía sorprenderla. Extendió sus manos diminutas, la luz rojiza iluminando su carita. Nadie había traído calor humano a ese rincón en años. El aire, antes denso, pareció aligerarse.

Mauro la observaba. Ella no parecía temerle.

De repente, la niña lo miró fijamente. Sus ojos de carbón, directos, sin filtro. El trueno retumbó sobre el tejado.