“Tu madre es una mujer extraordinaria”, dijo con voz ronca. “Siempre lo fue. Lo sé. Me ha contado todo lo que han pasado juntas, todo lo que te has sacrificado por ella.” Fernando la miró con una mezcla de orgullo y tristeza. Eres increíble, Sofía. Lamento no haber estado ahí para verlo. Algo en sus palabras, en la sinceridad cruda de su arrepentimiento, alcanzó un lugar profundo en Sofía. Todavía está a tiempo. Se encontró diciendo, “Para conocerme, para que yo lo conozca a usted.” Fernando sonrió.
Una sonrisa genuina que transformó su rostro severo. Me gustaría eso más que nada en el mundo. El sexto día, el laboratorio llamó. Los resultados estaban listos. Un día antes de lo previsto, Fernando y Sofía acordaron recogerlos juntos a la mañana siguiente. Esa noche, mientras Sofía se preparaba para dormir, recibió una llamada de un número desconocido. Señorita Méndez. La voz al otro lado era profesional, anónima. Habla el Dr. Ramírez del laboratorio médico. Tengo entendido que mañana recogerá los resultados de su prueba de ADN.
Así es. confirmó Sofía, confundida por la llamada a esa hora. Pensé que querría saber los resultados con anticipación”, continuó el hombre, especialmente considerando quién más ha solicitado una copia. ¿Qué quiere decir? La señora Arteaga vino esta tarde. Exigió ver los resultados inmediatamente. Hizo una pausa. No se los mostré, por supuesto, pero parecía bastante determinada. Sofía sintió un escalofrío. “¿Cree que intentará algo? No lo sé, pero pensé que debería estar preparada”, respondió el médico. “Por cierto, el resultado es positivo.
99,9% de compatibilidad. Felicidades, supongo.” Cuando la llamada terminó, Sofía permaneció inmóvil en la oscuridad de su habitación. Oficialmente era la hija de Fernando Arteaga y Verónica lo sabía o lo sabría muy pronto. La guerra estaba a punto de comenzar. La mañana amaneció con una llovisna fina sobre Ciudad de México, como si el cielo mismo presintiera la tormenta que estaba por desatarse. Sofía llegó temprano al laboratorio, pero Fernando ya estaba allí esperándola bajo el toldo de la entrada.
Buenos días, saludó él visiblemente nervioso. Dormiste bien apenas, confesó Sofía. Recibí una llamada anoche del laboratorio. Fernando frunció el ceño. ¿Qué querían advertirme? Sofía bajó la voz. Verónica estuvo aquí ayer. Quería los resultados anticipadamente. Los consiguió. No, pero no tardará en intentar algo más. Sofía hizo una pausa. Fernando, ya sé el resultado. Él la miró expectante, conteniendo la respiración. Es positivo. 99,9% de compatibilidad. El impacto de esas palabras transformó el rostro de Fernando. Sus ojos se humedecieron y por un momento pareció que iba a abrazar a Sofía, pero se contuvo respetando las barreras que ella aún mantenía.
“¡Mi hija”, murmuró con voz cargada de emoción. “Mi hija!” Entraron juntos al laboratorio. El Dr. Ramírez los recibió personalmente, entregándoles un sobresellado. Los resultados oficiales anunció solemnemente, aunque imagino que ya están al tanto. Fernando abrió el sobre con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron el documento deteniéndose en la línea final. Probabilidad de paternidad, 99,9%. Es real, susurró como si hasta ese momento una parte de él hubiera dudado. Realmente eres mi hija. Por primera vez desde que se conocieron.
Sofía vio a Fernando Arteaga, el legendario abogado, completamente vulnerable, un hombre enfrentando la magnitud de lo que había perdido y quizás la posibilidad de lo que podría recuperar. ¿Qué hacemos ahora?, preguntó Sofía, sintiéndose extrañamente protectora hacia él. Fernando recuperó gradualmente su compostura. Ahora enfrentamos a Verónica con la verdad. Salieron del laboratorio con una nueva determinación. El vínculo entre ellos, frágil y nuevo, parecía fortalecerse con cada minuto que pasaban juntos. “Hay algo que debes saber”, dijo Fernando mientras conducía hacia la oficina.
“Anoche, después de visitar a tu madre, actualicé mi testamento. Sofía lo miró sorprendida. ¿Por qué? Porque eres mi hija, respondió simplemente. Mi única hija merecía ser reconocida legalmente sin importar el resultado de la prueba. No quiero su dinero protestó Sofía. Nunca se trató de eso. Lo sé. Fernando sonrió tristemente. Eres igual a Isabel en eso. Pero no se trata solo de dinero, Sofía. Se trata de reconocimiento, de justicia, de reparar en lo posible. 26 años de ausencia.
Cuando llegaron al bufete, percibieron inmediatamente que algo andaba mal. Varios empleados estaban reunidos en pequeños grupos hablando en voz baja. Las conversaciones cesaron abruptamente cuando vieron entrar a Fernando y Sofía. Carmen se acercó apresuradamente. “Gracias a Dios que llegaron”, susurró. “Doña Verónica ha estado aquí desde temprano. Convocó a todos los socios a una reunión de emergencia. ¿De qué habla? Preguntó Fernando tensándose visiblemente. Dice tener pruebas de un complot en su contra. Carmen miró a Sofía con preocupación.
Está diciendo cosas terribles. Licenciado. Sobre Isabel y sobre Sofía. El rostro de Fernando se endureció. ¿Dónde están reunidos? En la sala de juntas principal. Sin decir una palabra más, Fernando se dirigió hacia allá con paso decidido. Sofía lo siguió. sintiendo como si avanzara hacia una ejecución pública. Al entrar encontraron a Verónica de pie ante los cinco socios principales de la firma. Joaquín estaba entre ellos con expresión incómoda. “¡Ah, qué oportuno!”, exclamó Verónica con falsa cordialidad. Justo estaba explicando a nuestros socios cómo esta joven y su madre han estado conspirando para extorsionarte.
Fernando avanzó hasta el centro de la sala. Eso es una mentira y tú lo sabes perfectamente. Verónica sonrió con frialdad. Una mentira. Tengo documentos, Fernando. Señaló una carpeta sobre la mesa. Cartas donde Isabel Méndez exige dinero a cambio de su silencio. Testimonios de cómo amenazó con destruir tu carrera si no accedías a sus demandas. Documentos falsificados, intervino Sofía. Incapaz de contenerse. Al igual que los que intentó plantar hace días. Verónica la miró con desprecio. La única falsificación aquí eres tú, querida.
Una estafadora que pretende ser algo que no es. Fernando levantó una mano, silenciando la réplica de Sofía. Suficiente, Verónica, dijo con voz controlada. Durante 26 años has construido un castillo de mentiras. Se acaba hoy. Sacó del bolsillo de su saco el sobre del laboratorio y lo colocó sobre la mesa. Los resultados de la prueba de ADN. Sofía es mi hija, mi hija biológica. Sin lugar a dudas. Los socios intercambiaron miradas sorprendidas. Verónica palideció visiblemente, pero se recuperó rápido.
Eso no prueba nada, excepto que tuviste una aventura. Contraataco. Esta mujer y su madre siguen siendo unas oportunistas que aparecieron de la nada para reclamar una fortuna que no les corresponde. No vinimos por dinero afirmó Sofía. Ni siquiera sabía quién era Fernando cuando solicité el trabajo. Fue una coincidencia. Mentirosa, espetó Verónica. Realmente esperan que crea semejante cuento Fernando extrajo entonces otro sobre de su maletín. Estos son los documentos que Carmen encontró en tus archivos personales, Verónica”, dijo extendiéndolos sobre la mesa.
Recibos de entregas firmados por ti. Cheques a nombre de un investigador privado para vigilar a Isabel y a una niña. Pagos a un tal Guillermo Soto para interceptar correspondencia dirigida a mí. Los socios se inclinaron para examinar los documentos. El rostro de Verónica se contrajo en una máscara de furia. No tienes derecho a revisar mis archivos. personales y tú no tenías derecho a ocultarme la existencia de mi hija”, respondió Fernando con firmeza. “Durante 26 años me robaste la oportunidad de ser padre, de verla crecer, de estar ahí cuando me necesitaba.
Lo hice para protegerte”, gritó Verónica, perdiendo por fin la compostura. Esa mujer habría destruido todo lo que construimos. Tú no construiste nada, Verónica. La voz de Fernando estaba cargada de un desprecio frío. Nuestro matrimonio siempre fue un acuerdo comercial. Lo único que realmente construí fue este bufete. Y sí, sacrifiqué mucho por él, incluyendo mi oportunidad de ser feliz con Isabel. se giró hacia los socios que observaban la escena con expresiones que iban desde el asombro hasta el disgusto.
Caballeros, lamento profundamente este espectáculo. Como pueden ver, mi vida personal ha sido complicada, pero quiero dejar algo muy claro. Sofía Méndez es mi hija legítima y a partir de hoy será reconocida como tal. Si esto presenta un problema para alguno de ustedes, estoy dispuesto a renunciar a mi posición en la firma. Un silencio pesado siguió a sus palabras. Finalmente, Eduardo Montiel, el socio más antiguo, se aclaró la garganta. Fernando, creo que hablo por todos cuando digo que tu vida personal es asunto tuyo.
Hizo una pausa significativa. Pero estos métodos cuestionables para ocultar información podrían comprometer la integridad de la firma. Verónica sonrió triunfante, creyendo que se referían a Fernando, pero la mirada de Montiel estaba fija en ella. Señora Arteaga, interceptar correspondencia es un delito federal. Contratar vigilancia privada sin consentimiento es como mínimo éticamente reprobable. Si estos documentos son auténticos, su conducta es indefendible. El color abandonó el rostro de Verónica. No pueden hablarme así. Mi familia financió el inicio de este bufete y se lo agradecemos”, respondió Montiel con frialdad.
Pero eso fue hace 30 años. Hoy la reputación de Arteaga en Asociados depende de su integridad, no de su historia. Verónica miró a los socios uno por uno buscando un aliado, pero solo encontró expresiones severas. “Esto no ha terminado”, declaró recogiendo sus cosas. Fernando, cuando llegues a casa hablaremos seriamente. No habrá más conversaciones, Verónica, respondió él con calma. Ya he contactado a mi abogado personal. Los papeles del divorcio estarán listos esta semana. La palabra divorcio pareció golpear a Verónica como un latigazo físico.
Durante un momento, pareció genuinamente herida, casi vulnerable. Luego su rostro se endureció nuevamente. “Te arrepentirás de esto”, amenazó. “Los dos se arrepentirán.” Con esas palabras salió de la sala, dejando trás de sí un silencio pesado. Después de un momento incómodo, Montiel se puso de pie. Creo que todos necesitamos tiempo para procesar esto, dijo diplomáticamente. Fernando, tómate el día y felicidades por tu hija. Uno por uno. Los socios abandonaron la sala hasta que solo quedaron Fernando, Sofía y Joaquín.
Eso fue intenso comentó Joaquín pasándose una mano por el pelo. ¿Estás bien, Sofía? Ella asintió. Aún procesando todo lo ocurrido, Fernando parecía agotado, como si hubiera envejecido años en minutos. “Gracias por tu apoyo, Joaquín”, dijo Fernando con sinceridad. “Sé que no fue fácil posicionarte contra Verónica.” Joaquín se encogió de hombros. Era lo correcto. Miró a Sofía. Además, siempre he tenido debilidad por las causas justas. Cuando Joaquín salió, Fernando se desplomó en una silla súbitamente exhausto. 26 años de matrimonio terminados en 5 minutos murmuró.
Aunque para ser justos, nunca fue un matrimonio real. Sofía se sentó junto a él, sintiéndose extrañamente protectora. ¿Estás seguro de esto? El divorcio. Renunciar a la firma si es necesario. Es toda tu vida. Fernando la miró con una sonrisa triste. Durante décadas creí que este bufete era toda mi vida. Hizo una pausa. Ahora sé que hay cosas más importantes y que algunos errores, aunque no puedan borrarse, pueden al menos reconocerse e intentar repararlos. Tomó la mano de Sofía con vacilación y esta vez ella no la retiró.
No puedo recuperar los años perdidos, continuó Fernando. Pero si me permites, me gustaría ser parte de tu futuro y del de Isabel. Sofía sintió que algo se rompía dentro de ella. No el dolor agudo del resentimiento, sino la liberación suave dejarlo ir. Me gustaría intentarlo respondió con voz quebrada. Paso a paso, la noticia se extendió como pólvora por todo México. Fernando Arteaga, el legendario abogado, había descubierto que tenía una hija de 26 años y estaba divorciándose de Verónica Montero después de tres décadas de matrimonio.
Los periódicos especulaban, las revistas del corazón inventaban detalles y los programas de chismes no hablaban de otra cosa. Mientras tanto, en el hospital, Isabel mejoraba lentamente. Fernando había insistido en trasladarla a una clínica privada con los mejores especialistas. No puedo aceptarlo. Había protestado Isabel cuando Fernando se lo propuso. Por favor, respondió él. Déjame hacer esto. No por culpa, sino porque me importas. Siempre me importaste. Isabel finalmente accedió y los resultados fueron rápidamente visibles con el tratamiento adecuado.
Recuperaba fuerzas día a día. El color volvía gradualmente a sus mejillas y los médicos se mostraban cautelosamente optimistas. Fernando visitaba el hospital cada tarde, a veces solo, a veces con Sofía. Esas visitas eran extrañamente reconfortantes para los tres. Hablaban de todo y de nada, reconstruyendo lentamente los puentes rotos por 26 años de ausencia. En el bufete la situación era tensa, pero manejable. Los socios habían decidido mantener a Fernando como socio mayoritario. A pesar de las presiones de la familia Montero.
“Tu valor para la firma no tiene precio, Fernando.” Le había dicho Eduardo Montiel. Además, legalmente, Verónica no tiene manera de sacarte. Tus acciones son tuyas y punto. Pero todos sabían que la calma era solo aparente. Verónica había desaparecido temporalmente del mapa y eso preocupaba a Fernando más que sus ataques frontales. La conozco le explicó a Sofía una noche mientras cenaban juntos. Cuando Verónica se queda callada es cuando más peligrosa es. No se equivocaba. 10 días después del enfrentamiento en la sala de juntas, Verónica contraatacó no directamente contra Fernando o Sofía, sino a través de la prensa.
Un periódico importante publicó una investigación exclusiva sobre Isabel Méndez, describiéndola como una cazafortunas que había intentado extorsionar a Fernando hace 26 años. El artículo citaba supuestas fuentes cercanas y documentos filtrados que nunca se mostraban realmente. Insinuaba que Isabel había quedado embarazada deliberadamente para atrapar a Fernando y que luego había exigido grandes sumas de dinero para mantener el secreto. “Es asqueroso”, rugió Sofía arrojando el periódico contra la pared del despacho de Fernando. “¿Cómo puede mentir así sobre mi madre?” Fernando estaba pálido de furia.
“Ya contacté a nuestro equipo legal. Demandaremos al periódico por difamación, pero el daño estaba hecho. Los clientes comenzaron a llamar preocupados por la estabilidad del bufete. Algunos socios menores expresaron inquietud sobre cómo el escándalo afectaría sus negocios. Y luego el golpe final, la familia Montero anunció públicamente que retiraba todos sus negocios de Arteaga en Asociados y sugería a sus numerosos contactos hacer lo mismo. En cuestión de días, la firma perdió casi el 30% de sus clientes. “Esto es lo que ella quería”, dijo Fernando con amargura.
No podía atacarme directamente, así que decidió destruir lo que más valoro. “¿El bufete?”, preguntó Sofía. Fernando la miró con una sonrisa triste. Antes sí, ahora tengo otras prioridades. Los socios convocaron una reunión de emergencia. El ambiente en la sala de juntas era tan tenso que casi podía cortarse con un cuchillo. “La situación es grave”, comenzó Montiel. “Perdemos clientes por hora. Las acciones de nuestra corporación han caído un 25%. Los inversores están nerviosos. Todo por culpa de una campaña de mentiras.
Intervino Joaquín, que sorprendentemente se había convertido en un firme aliado de Fernando y Sofía. Las mentiras pueden ser más poderosas que la verdad cuando se administran correctamente, respondió otro socio con pragmatismo. Y Verónica conoce a todos en esta ciudad. Tiene influencia. Las miradas se dirigieron a Fernando, quien permanecía inusualmente silencioso. ¿Qué propones, Fernando?, preguntó finalmente Montiel. ¿Podría renunciar? Ofreció. Alejarme temporalmente hasta que pase la tormenta. Eso sería darle exactamente lo que quiere, protestó Joaquín. Pero salvaría la firma, respondió Fernando.
Y eso es lo que importa ahora. Sofía, que había sido invitada a la reunión como observadora, sintió una oleada de orgullo mezclada con preocupación. Este hombre, que apenas comenzaba a conocer estaba dispuesto a sacrificar todo lo que había construido por ella, por Isabel, por la verdad. Debe haber otra forma, intervino, incapaz de quedarse callada. No podemos dejar que Verónica gane así. Todos la miraron sorprendidos por su audacia. ¿Y qué sugieres, Sofía?, preguntó Montiel con genuina curiosidad. Una conferencia de prensa respondió sin dudar.
Contamos toda la verdad. Mostramos las pruebas de cómo Verónica interceptó las cartas, contrató espías, falsificó documentos. Exponemos sus mentiras a plena luz. Sería una declaración de guerra total, advirtió uno de los socios. La familia Montero es poderosa. Ya estamos en guerra, respondió Sofía. La diferencia es que hasta ahora solo ellos han disparado. Fernando la miró con una mezcla de orgullo y preocupación. Sofía, esto podría volverse muy feo. No quiero exponerte a ti o a tu madre a más ataques.
Mi madre y yo hemos sobrevivido 26 años sin tu protección. respondió Sofía, aunque sin rencor. Podemos manejar esto, además, añadió con una sonrisa desafiante. Según mi certificado de nacimiento, también soy una arteaga. Es hora de que actúe como tal. La conferencia de prensa se organizó para el día siguiente. Fernando insistió en que se realizara en la sala de juntas principal del bufete. Si vamos a hacer esto, lo haremos en nuestra casa, en nuestros términos declaró esa noche, mientras Fernando y Sofía preparaban su estrategia, recibieron una llamada inesperada.
Era Carmen hablando en susurros. Licenciado, tiene que venir ahora mismo. Su voz sonaba agitada. ¿Hay alguien aquí que tiene información crucial sobre doña Verónica? ¿Quién?, preguntó Fernando alarmado. Guillermo Soto, respondió Carmen. El hombre que interceptaba las cartas para ella. Media hora después, Fernando y Sofía se encontraban en la oficina vacía con un hombre mayor de aspecto nervioso. Guillermo Soto había trabajado para Correos de México durante 40 años y durante casi 10 había desviado sistemáticamente la correspondencia de Isabela Fernando por órdenes de Verónica.
Al principio no sabía lo que hacía explicó con vergüenza. Ella solo me dijo que eran cartas de una mujer que intentaba destruir su matrimonio. Me pagaba bien y yo tenía hijos que alimentar. ¿Por qué viene ahora? Preguntó Sofía desconfiada. Soto la miró directamente. Porque he visto las noticias, las mentiras sobre su madre. Negó con la cabeza. No puedo morir con eso en mi conciencia. ¿Tiene pruebas? preguntó Fernando. Soto sacó un fajo de papeles gastados, recibos firmados por doña Verónica, fechas, cantidades, todo.
Hizo una pausa y algo más, algo que ella no sabe que conservé. De un sobre amarillento extrajo una carta, la última que Isabel había enviado, fechada 23 años atrás. No pude entregarla, pero tampoco pude destruirla, explicó. La leí y simplemente no pude. Fernando tomó la carta con manos temblorosas. El papel estaba amarillento, pero la escritura de Isabel seguía clara. Querido Fernando, comenzaba. Esta será mi última carta. Han pasado 3 años y no he recibido respuesta. Nuestra hija Sofía cumplió 3 años la semana pasada.