La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

No le fallaré, licenciado. Fernando comenzó a explicarle sus responsabilidades, pero Sofía apenas podía concentrarse. Sus ojos habían captado algo sobre el escritorio que le robó el aliento. En un elegante marco de plata descansaba una fotografía descolorida por el tiempo. Una niña de unos 4 años con vestido blanco sosteniendo un girasol. Era ella. El mundo pareció detenerse. El mismo vestido blanco con encaje que su madre guardaba en una caja. El mismo girasol que había recogido aquel día en el parque.

La misma foto que su madre atesoraba, idéntica. Hasta la pequeña mancha en la esquina. ¿Está escuchando, señorita Méndez? La voz del licenciado la devolvió bruscamente a la realidad. Sofía sintió que le faltaba el aire. Sus piernas temblaban bajo el escritorio. “Disculpe, yo”, balbuceó, incapaz de apartar la mirada de la fotografía. Fernando siguió su mirada y, al darse cuenta de lo que observaba, su rostro se endureció. Una sombra de dolor cruzó sus ojos. “¿Se siente bien? ¿Está pálida?” Sofía señaló la fotografía con dedos temblorosos.

Esa foto, ¿puedo preguntar quién es? El licenciado Arteaga guardó silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonaba diferente, casi quebrada. Es una fotografía personal, no tiene importancia, pero la tenía y ambos parecían saberlo. “¿Puede retirarse. Carmen le explicará el resto de sus funciones”, dijo Fernando dando por terminada la reunión. Sofía pasó el resto del día en piloto automático. Carmen le mostró el sistema de archivo, le explicó los horarios. y le presentó al personal clave, pero su mente seguía en aquella fotografía.

¿Cómo era posible? ¿Qué hacía su foto en el despacho del hombre más poderoso de la firma? Al salir del edificio, ya anochecía. Tomó el metro repleto de gente, luego un pesero que la dejó a tres cuadras de su casa en un barrio modesto al sur de la ciudad. Durante todo el trayecto, la imagen del marco de plata no abandonó su mente. Su casa era pequeña, pero acogedora. Sofía giró la llave con cuidado para no despertar a su madre si estaba descansando, pero la encontró en la cocina preparándote.

¿Cómo te fue, mi hijita? Preguntó Isabel, de 51 años, con una sonrisa que iluminaba su rostro cansado por la enfermedad. Bien, creo respondió Sofía dejando su bolso sobre la mesa. Isabel la miró detenidamente. Conocía cada gesto de su hija. ¿Qué pasó? Te noto rara. Sofía se sentó aceptando la taza de té que su madre le ofrecía. El licenciado Arteaga tiene una foto mía en su escritorio. La taza que Isabel sostenía se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos.

¿Qué dices? Susurró Isabel con el rostro repentinamente blanco como el papel. La foto del girasol, mamá, la que tienes guardada en tu caja, es exactamente la misma. Isabel se apoyó en la mesa como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sus ojos, tan parecidos a los de su hija, se llenaron de lágrimas. No es posible, murmuró. No puede ser él. ¿Conoces al licenciado Arteaga?, preguntó Sofía, cada vez más confundida. Mamá. Isabel no respondió. Se levantó lentamente y caminó hasta su habitación.

Sofía la siguió observando como su madre sacaba una pequeña caja de metal de debajo de la cama con manos temblorosas. Isabel introdujo una llave diminuta en la cerradura y levantó la tapa. Dentro estaban los tesoros más preciados de su madre, cartas amarillentas, un mechón de cabello infantil, un anillo barato de plata y la fotografía, exactamente igual a la que descansaba en el despacho de Fernando Arteaga. Isabel tomó la foto entre sus dedos y la miró como si contuviera todos los secretos del universo.

“Hay algo que nunca te he contado sobre tu padre, Sofía”, dijo finalmente con voz quebrada por 26 años de silencio. “Es hora de que sepas la verdad. La noche caía sobre Ciudad de México y en una pequeña casa del sur, un secreto guardado durante décadas estaba a punto de salir a la luz, cambiando para siempre la vida de todos los involucrados. Sofía se sentó en el borde de la cama. Observando a su madre, que sostenía la fotografía con manos temblorosas.

Nunca la había visto así, tan frágil y asustada. Mi padre Sofía apenas podía pronunciar la palabra. Siempre me dijiste que murió antes de que yo naciera. Isabel negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas durante 26 años. Era más fácil decir eso que explicarte la verdad, confesó en voz baja. Tu padre no murió. Sofía. Tu padre. Tu padre es Fernando Arteaga. El silencio que siguió fue tan denso que parecía un ser vivo en la habitación.

Sofía se levantó de golpe, como si la cama quemara. El licenciado Arteaga, “Mi jefe, no puede ser”, exclamó con incredulidad. “¿Cómo es posible? ¿Por qué nunca me lo dijiste?” Porque Fernando Arteaga me lo quitó todo, menos a ti”, respondió Isabel con una amargura que Sofía jamás había escuchado en su voz y temía que si lo buscabas también te perdería a ti. Isabel respiró hondo y comenzó a relatarle una historia que había mantenido enterrada durante más de dos décadas.

Yo tenía 24 años y trabajaba como empleada doméstica en la mansión de los Arteaga. En las lomas, Fernando acababa de casarse con Verónica Montero, hija de una familia adinerada, un matrimonio arreglado. Por conveniencia, él estaba construyendo su carrera como abogado y necesitaba los contactos de la familia Montero. Isabel se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Su matrimonio era una farsa. Verónica lo sabía, Fernando lo sabía, todos lo sabían.

Continuó. Ella tenía sus amantes y él me encontró a mí. Al principio solo intercambiábamos miradas, luego palabras, después te enamoraste de él, concluyó Sofía. Y él de mí, o eso creí casi un año. Vivimos en una burbuja. Me regalaba libros, me enseñaba cosas. Hablábamos durante horas. Me hacía sentir que yo importaba, que no era solo la muchacha que limpiaba su casa. Isabel volvió a sentarse, esta vez sacando más cartas de la caja metálica. Cuando quedé embarazada, todo cambió.

Al principio, Fernando parecía feliz. Hablaba de divorciarse, de comenzar una nueva vida juntos. Hasta me llevó a tomar esa fotografía, la del girasol. Fue el día que me prometió que seríamos una familia. La voz de Isabel se quebró. ¿Qué pasó después? Preguntó Sofía sintiendo un nudo en la garganta. Verónica descubrió lo nuestro. No le importaba que Fernando tuviera una amante. Lo que no podía tolerar era el escándalo, que la gente supiera que su marido prefería a la sirvienta y menos aún que esa sirvienta estuviera esperando un hijo suyo.

Isabel sacó un pañuelo y se secó las lágrimas que comenzaban a correr por sus mejillas. Esa mujer me enfrentó una tarde. Me dijo que si no desaparecía, se encargaría de que Fernando perdiera todo, su carrera, su reputación, todo por lo que había trabajado. Y luego fue con él y le dio el mismo ultimátum. Y él eligió su carrera en lugar de nosotras. La voz de Sofía temblaba de indignación. Isabel asintió lentamente. Fernando vino a verme esa noche.

Parecía destrozado, pero su decisión estaba tomada. me entregó dinero suficiente para comenzar en otro lado. Me dijo que lo sentía, que no podía arriesgar todo por lo que había luchado. “Qué cobarde”, estalló Sofía, sintiendo que la rabia le quemaba el pecho. “Nos abandonó. Yo tampoco fui valiente”, confesó Isabel. Acepté el dinero y me fui sin luchar. Estaba asustada, embarazada y sola. No sabía qué más hacer. Isabel sacó una carta de un sobre amarillento. Después de que naciste, le escribí, le envié tu fotografía, la misma que tiene en su despacho.

Le supliqué que al menos te conociera, que fuera parte de tu vida de alguna manera. ¿Y qué respondió? Nunca recibí respuesta. Le escribí varias veces más durante los primeros años, cartas que jamás fueron contestadas. Con el tiempo dejé de intentarlo. Decidí que era mejor decirte que tu padre había muerto. Sofía se dejó caer en una silla, abrumada por las revelaciones. Toda su vida había sido una mentira. Su padre no solo estaba vivo, sino que ahora era su jefe, un hombre que las había abandonado por dinero y poder.