“Señor Colman,” dijo María, la voz apenas un hilo. “Mi hijo. Deje que entre. Él… él cree.”
Marcus miró al niño. Ropa barata, ojos limpios. El contraste con la opulencia del pasillo era un insulto. Pero la desesperación había roto su arrogancia. No le quedaba nada que perder.
Se hizo a un lado. “Pasa.”
Thomas entró.
La Oración y la Fiebre
La habitación se sentía cargada, densa de muerte. Las máquinas pitaban su canción de despedida.
Thomas caminó hacia la cama. Marcus lo observó, un millonario testigo de un rito que no podía comprar. Vio la sencillez del chico, su absoluta falta de pretensión. No era nadie. No tenía nada. Pero poseía una fe que movía montañas.
Thomas extendió su pequeña mano y tomó la de David. Los dedos de David estaban helados, inertes.
Thomas cerró los ojos.
Su voz era infantil, pero resonó. No eran palabras formales. Era una conversación, pura, honesta.
“Dios,” susurró Thomas. “Este niño. David. No lo dejes ir. Es un hijo. Lo aman. Yo… yo también lo amo, porque es parte de Tu mundo.”
“Los médicos fallaron. Los medicamentos fallaron. El dinero de su padre falló. Pero Tú no fallas.”
“Muéstrales a todos que el amor es más fuerte que la enfermedad. Muéstrale a Su padre que la fe vale más que un billón de dólares.”
“Yo creo. Lo creo. Yo creo que vivirá.”
La palabra CREO fue el martillo. Golpeó el silencio, resonó en los cristales.
Y entonces.
El movimiento.