La Moneda de Cobre y el Dios Silencioso

Abajo: Los Pies Descalzos
En el subsuelo de la mansión, donde el mármol daba paso al cemento, María doblaba sábanas. Llevaba quince años allí. Quince años de jabón, lejía y dolor de espalda. Sus manos eran su fortuna; agrietadas, fuertes.

Sacó de su bolsillo una foto gastada. Thomas. Nueve años. Ojos inteligentes, ropa remendada. Su único hijo, viviendo con su tía en el barrio pobre, al otro lado de la colina. Thomas andaba descalzo. No por moda, sino por necesidad.

Ella susurró: “Dios, cuida de mi Thomas.”

Luego, un pensamiento punzante, una obligación que no podía nombrar. Arriba hay un niño. Moribundo.

María sabía de la desesperación de Colman. Lo había visto en la forma en que Marcus bebía agua, en el eco de sus pasos vacíos. Eran dos mundos: el del oro y el del jabón. Pero en esa noche, ambos eran iguales: padres con miedo.

El susurro en su alma creció. Necesitas ir. Llévalo.

Ella no lo entendió. ¿Llevar a Thomas? ¿A la zona prohibida, la alfombra persa? Pero la sensación era una certeza. Se dirigió al pequeño trastero donde dormía su hijo.

Thomas estaba despierto, leyendo a la luz de una linterna un libro descolorido: Las Parábolas de la Abuela.

“Mamá,” dijo Thomas. Sus ojos, profundos y serios, miraron más allá de ella. “Algo está sucediendo. No puedo dormir. Lo siento en el aire.”

María se arrodilló. Le contó la historia de David. El niño de cristal, las máquinas, el final inminente.

Thomas se puso de pie. Solo un niño, delgado, con las rodillas raspadas, la fe como su única armadura.

“Vamos.” Dijo. “Dios no ha terminado.”

El Umbral y el Intercambio
Subieron la gran escalera. El mármol pulido estaba frío bajo los pies de Thomas. Era una caminata prohibida, pero cada paso era firme. María temblaba por la transgresión; Thomas, por la misión.

Llegaron a la puerta de David. María golpeó suavemente.

Marcus abrió. Vio a su jefa de servicio, con su uniforme humilde, y al niño descalzo. Era una imagen absurda, una violación de su ordenado universo. Su rostro estaba hundido, sin defensas.