👠 El Retorno del Verdugo
Un sonido llegó desde la planta baja. El chasquido seco de unos tacones altos sobre el mármol. La sangre de Rosa se heló.
Miranda había vuelto.
—Ethan —susurró Rosa con urgencia, acercándose. —Tengo que irme ahora, pero voy a volver. ¿Entiendes? Voy a volver por ti.
El pequeño la miró con esos desgarradores ojos azules. Por primera vez, su labio inferior tembló. Una sola lágrima rodó por su mejilla sucia.
Rosa quiso cargarlo y correr. Quiso llevárselo lejos de aquella prisión hermosa y fría. Pero no podía. Todavía no.
Si huía ahora, Miranda llamaría a la policía. Rosa era indocumentada. Sería arrestada, deportada, y Ethan se quedaría atrás, solo con la mujer que quería verlo muerto.
Tenía que ser inteligente. Necesitaba pruebas.
—Volveré —prometió Rosa, con la voz rota. —Te lo juro, baby, voy a volver.
Se levantó despacio, retrocediendo hacia la puerta. Los ojos de Ethan la siguieron, abiertos, aterrorizados. Al salir y cerrar, lo escuchó. Un sonido pequeño, roto, que destrozó lo que quedaba de su corazón.
Ethan estaba llorando.
Rosa cerró la puerta con llave con manos temblorosas y guardó la llave en el bolsillo. Se secó los ojos y se apresuró escaleras abajo. Su mente iba a mil. Necesitaba pensar. Planear. No podía salvar a Ethan solo con emoción.
Necesitaba evidencia. Necesitaba ayuda. ¿Pero en quién confiar?
Al llegar al primer piso, Miranda ya estaba en el salón sirviéndose una copa de vino. Llevaba un vestido de diseñador negro y pendientes de diamantes. Su sonrisa roja no llegaba a los ojos.
—Rosa —dijo Miranda, sin mirarla. —Pensé que habías terminado de limpiar hace horas.
—Solo estaba terminando la parte de arriba —dijo Rosa con cuidado, manteniendo la voz firme. —Lo siento, señora Hail. Terminaré pronto.
Miranda bebió un sorbo lento. —Bien. Asegúrate de que el baño de invitados esté impecable. Mañana tengo visitas.
Visitas.
Miranda siempre interpretaba a la madrastra afligida a la perfección. Hablaba del pobre Ethan con tristeza, con preocupación. Decía a todos que estaba frágil, que necesitaba reposo, que los médicos habían dicho que no debía ser molestado. Todos le creían. ¿Por qué no? Miranda era elegante, rica. Una santa en papel.
Pero Rosa había visto la verdad. Y ahora, no podía dejar de verla.
—Señora Hail —dijo Rosa en voz baja, reuniendo su coraje. —¿Cómo sigue Ethan?
La mano de Miranda se detuvo a medio camino de sus labios. Sus ojos verdes se desviaron hacia Rosa, fríos y afilados como el cristal.
—¿Por qué preguntas?
—Solo… no lo he visto en un tiempo —dijo Rosa, obligándose a mantener la mirada. —Me preguntaba si se siente mejor.
El silencio se estiró entre ellas como un cable tenso.
Entonces, Miranda sonrió. El tipo de sonrisa que hacía que a Rosa se le erizara la piel.
—Ethan está bien —dijo Miranda suavemente. —Está descansando. Los médicos dicen que necesita paz y tranquilidad. Ninguna molestia. Ni siquiera del personal.
—Por supuesto —susurró Rosa, bajando la mirada. —Entiendo.
—Bien. —Miranda se dio la vuelta, despidiéndola. —Ya puedes irte.
Rosa asintió y se dirigió a la cocina. Su corazón latía tan fuerte que pensó que Miranda podría oírlo.
Al pasar por el vestíbulo, miró el techo, hacia el tercer piso. Hacia el ático cerrado donde un niño pequeño estaba solo en la oscuridad.
Pensó en las mejillas hundidas de Ethan. Sus ojos vacíos. Sus manos temblorosas buscando comida.
E hizo una decisión.
A Rosa no le importaba el costo. No le importaba si perdía su trabajo, su seguridad o su libertad. Iba a salvar a ese niño. Iba a luchar por él, aunque nadie más lo hiciera.
Porque Ethan merecía ser amado. Merecía ser protegido. Merecía vivir.
Y Rosa se aseguraría de que así fuera.