La mano de Rosa tembló al sacar la llave. Pensó en sus propios hijos, lejos, en México. Pensó en lo que desearía que alguien hiciera por ellos, si estuvieran encerrados y olvidados.
E hizo una elección que cambiaría tres vidas para siempre.
🕯️ La Cueva Oscura
Los dedos de Rosa tiritaron al deslizar el metal. La llave era fría, pesada. Fuera de los altos ventanales, nubes de tormenta se agolpaban sobre Boston, volviendo la tarde gris y espesa.
Click.
El cerrojo cedió.
La puerta se abrió.
El olor la golpeó primero. Aire estancado, pañales sucios. Y otra cosa: el hedor agrio del miedo.
El estómago de Rosa se retorció.
La buhardilla estaba en penumbra. Una pequeña ventana apenas dejaba entrar una luz débil. En la esquina, sobre un colchón fino en el suelo, lo vio.
Ethan.
El niño estaba sentado de espaldas a la pared, con las rodillas pegadas al pecho. Su cabello rubio estaba sucio y enredado. Sus ojos azules, idénticos a los de su padre en las fotos del periódico, la miraron sin reconocimiento, sin esperanza.
Llevaba un pijama que le quedaba grande, manchado, arrugado. Sus mejillas estaban hundidas. Sus diminutos brazos parecían demasiado delgados.
—Dios mío —susurró Rosa, cubriéndose la boca. —Oh, mi niño dulce, ¿qué te ha hecho?
Ethan no se movió. No lloró. No se acercó a ella como debería hacerlo un niño de dos años. Solo la miró, su expresión vacía, distante. Como si hubiera aprendido que el llanto ya no trae ayuda.
Los ojos de Rosa ardieron en lágrimas. Ella había criado a tres hijos propios. Sabía lo que era un niño sano. Sabía lo que era el amor.
Y esto… esto era otra cosa.
Dio un paso hacia el interior. Ethan se encogió.
—Está bien —dijo Rosa, arrodillándose despacio. —Está bien, mi amor. No voy a hacerte daño. Lo prometo.
La habitación era fría. Había un cuenco de plástico en el suelo con agua, como para un perro. A su lado, un envase a medio terminar de galletas saladas, comida de adultos. No había juguetes, ni libros, ni peluches. Solo un colchón, una manta fina, y un niño olvidado por el mundo.
El corazón de Rosa se hizo añicos.
—¿Tienes hambre? —preguntó suavemente, manteniendo la distancia. —¿Quieres algo de comer? ¿Algo bueno?
Los ojos de Ethan se movieron hacia ella. Solo un parpadeo. El primer signo de vida que veía.
Rosa metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó una barrita de granola que había guardado para su descanso. La desenvolvió con cuidado, partió un trozo pequeño y se lo ofreció.
—Toma —susurró. —Es tuyo.
Ethan miró la comida con desconfianza, sin fiarse de ella. Pero tras un largo momento, su pequeña mano se movió. Agarró el trozo rápido, como un animal que teme que se lo quiten, y se lo metió en la boca. Masticó apresurado, sin dejar de mirar a Rosa.
Ella partió otro trozo. Luego otro. Ethan se lo comió todo. Sus manitas temblaban por el hambre.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien te alimentó? —preguntó Rosa, aunque sabía que no podía responder. Su voz estaba embargada por la emoción. —¿Cuándo fue la última vez que alguien te abrazó?