Queremos que Leandro esté presente en el parto, que vea nacer a la criatura que puso en peligro, que entienda realmente la magnitud de lo que hizo. Y después de eso, agregó Matías, decidiremos si existe alguna posibilidad de reconciliación familiar. Ricardo miró a su hermano mayor con una mezcla de admiración y vergüenza. Y si Leandro no cambia realmente. Matías se acercó a la mesa y recogió las fotografías.
Entonces habré confirmado que la familia Aranda no tiene redención posible y nos iremos para siempre. Cuando salieron de la oficina, Ricardo se quedó solo frente a las ventanas panorámicas, viendo la ciudad que había ayudado a construir con dinero, pero sin corazón. Por primera vez en décadas sintió miedo real.
de perder algo que no podía comprar, la posibilidad de recuperar a su hermano. La sexta semana de Leandro en el hospital comenzó de manera diferente. Había llegado temprano antes incluso que las enfermeras del turno matutino. Sus manos, ahora callosas por el trabajo, preparaban con cuidado los suministros para el día.
ya no se quejaba del uniforme deslavado ni del olor a desinfectante que se había vuelto familiar. Esa mañana llegó una emergencia, una mujer de 18 años en trabajo de parto prematuro. Se llamaba Andrea y había llegado sola sin dinero para los gastos médicos, aterrorizada y llorando. “No tengo cómo pagar”, repetía entre soyosos. Mi novio me abandonó cuando supo del embarazo.
Mi familia me echó de la casa. El doctor Ramírez, un hombre de 50 años, conocido por su mal carácter, se acercó con impaciencia. Si no puede pagar, váyase al hospital público. Aquí no hacemos caridad. Leandro observaba la escena desde el pasillo. Algo dentro de él se encendió como un resorte. Dr. Ramírez se acercó con determinación.
Yo me hago cargo de los gastos de Andrea. El doctor lo miró con sorpresa. Tú, un voluntario va a pagar los gastos médicos de una desconocida. Sí, respondió Leandro sin dudar. Y si tiene algún problema con eso, puede hablar con la administración del hospital. Era la primera vez que Leandro usaba su influencia familiar para ayudar a alguien más, no para beneficiarse a sí mismo. Andrea lo miró con ojos llenos de lágrimas de gratitud.
No sé cómo agradecerte. No me agradezcas nada. Solo concéntrate en que tu bebé nazca sano. Durante las siguientes horas, Leandro se quedó acompañando a Andrea durante el trabajo de parto. Le sostuvo la mano cuando las contracciones se intensificaron. Le llevó agua cuando tenía sed.
Le habló con palabras de ánimo cuando el miedo amenazaba con consumirla. Cuando nació el bebé, un niño sano de 6 libras y 3 onzas, Leandro sintió una emoción que nunca había experimentado. Ver esa pequeña vida que había ayudado a proteger lo llenó de una satisfacción más profunda que cualquier auto deportivo o viaje de lujo.
“¿Cómo vas a llamarlo?”, le preguntó a Andrea mientras ella acunaba al recién nacido. “Andrés”, respondió ella, como el ángel que me ayudó cuando más lo necesitaba. Leandro se alejó de la habitación con los ojos húmedos. En el pasillo se encontró con Marta Contreras, la enfermera jefe, que lo había tratado con dureza durante las primeras semanas.
hiciste algo bueno hoy, muchacho”, le dijo con una sonrisa que no había mostrado antes. Ese bebé tiene posibilidades de vivir gracias a ti. Solo hice lo que cualquier persona decente haría. No, Leandro, no cualquier persona. Durante mis 30 años aquí he visto muchas personas con dinero que nunca movieron un dedo para ayudar a nadie.
Esa tarde, mientras Leandro organizaba las historias clínicas, llegó Lucía para su último control antes del parto. Su vientre estaba en su punto máximo y caminaba con la lentitud propia de las últimas semanas de embarazo. Cuando pasó por el escritorio donde él trabajaba, se detuvo. “Supe lo que hiciste hoy con Andrea”, le dijo con voz suave. Leandro levantó la vista esperando encontrar sarcasmo o desconfianza.
En cambio, encontró algo parecido a la aprobación. Ella necesitaba ayuda. Sí, la necesitaba y tú se la diste sin esperar nada a cambio. Lucía se quedó de pie junto al escritorio, acariciando su vientre con movimientos circulares. Quiero que sepas algo, Leandro. Durante estas semanas te he estado observando. Al principio esperaba que fuera solo una actuación temporal.
Hizo una pausa buscando las palabras correctas. Pero he visto cómo tratas a las pacientes. He visto cómo te quedas después de tu horario cuando hay emergencias. He visto como miras a los bebés recién nacidos como si fuera la primera vez que entiendes lo que significa la vida. Leandro sintió un nudo en la garganta.
Lucía, yo lo que te hice esa noche no puedo perdonar lo que hiciste. Lo interrumpió ella con firmeza. Esa patada pudo haber matado a mi bebé. Pudo haberme matado a mí. El silencio se extendió entre ellos como un abismo. “Pero sí puedo confiar en lo que estás empezando a hacer”, continuó. “Y eso es más importante que el perdón.
se alejó hacia el consultorio, dejando a Leandro con esas palabras que resonarían en su mente durante días. Tres días después, a las 2 de la madrugada, sonó la alarma de emergencia en el hospital. Lucía había llegado en trabajo de parto. Leandro estaba terminando su turno nocturno cuando vio a Matías corriendo por los pasillos, cargando a su esposa en brazos.
La expresión de preocupación en el rostro del exmilitar era la de un hombre que había enfrentado balas enemigas, pero nunca algo tan aterrador como ver sufrir a la mujer que amaba. ¿Dónde está el doctor?, gritaba Matías. Mi esposa está sangrando. El doctor de guardia apareció inmediatamente, seguido por un equipo de enfermeras.
Leandro observaba desde la distancia, sintiéndose inútil, pero incapaz de alejarse. Es una complicación menor”, explicó el doctor después de examinar a Lucía. “El bebé viene en posición incorrecta, pero podemos manejarlo. Necesitamos prepararla para cirugía de emergencia.” Durante las siguientes dos horas, Matías caminó por los pasillos como un león enjaulado.
Sus manos temblaban ligeramente, la única señal externa de su terror interno. Leandro se acercó después de una hora de observarlo sufrir. Señor tío, se corrigió. ¿Puedo puedo acompañarlo? Matías lo miró con sorpresa. No tienes que hacer esto, Leandro. Si tengo que hacerlo. Esa mujer, su bebé, yo los puse en peligro una vez.
Necesito estar aquí hasta saber que están bien. Los dos hombres se sentaron en las incómodas sillas de plástico de la sala de espera. El silencio se extendía entre ellos, cargado de 15 años de distancia familiar y se semanas de transformación. Cuando eras niño, comenzó Matías de repente, solías seguirme a todas partes.
Decías que quería ser militar como yo. Leandro sonrió con tristeza. Recuerdo eso. ¿Sabes por qué me alejé realmente de la familia? Leandro negó con la cabeza. Porque vi lo que el dinero les estaba haciendo a todos ustedes. Vi como tu padre trataba a los empleados como objetos. Vi como tu madre hablaba despectivamente de las personas pobres.
Vi como tú y Valentina crecían creyendo que eran superiores a otros seres humanos solo por haber nacido con privilegios. Matías se inclinó hacia delante apoyando los codos en las rodillas. En el ejército aprendí que el verdadero valor de una persona no se mide por lo que tiene, sino por lo que está dispuesta a sacrificar por otros.