Su cabello estaba recogido en una cola de caballo simple, sin maquillaje ostentoso, pero tenía esa belleza natural que no necesita adornos. Cuando sus ojos se encontraron en el pasillo del hospital, Lucía lo observó con una mezcla de sorpresa y curiosidad. No había odio en su mirada, lo cual desconcertó profundamente a Leandro.
Señora Herrera, la saludó una enfermera. Pase por aquí, por favor. Leandro la observó mientras caminaba hacia el consultorio, protegiendo instintivamente su vientre con las manos, el mismo vientre que él había puesto en peligro con su patada. Por primera vez sintió algo extraño en el pecho, una sensación incómoda que no lograba identificar.
Durante los días siguientes comenzó a prestar atención a las historias de las pacientes. María, de 16 años, embarazada y abandonada por su novio, Carmen con cuatro hijos, cuyo esposo había emigrado a Estados Unidos. Rosa, madre soltera que trabajaba 12 horas diarias como empleada doméstica para costear los gastos del embarazo.
Mujeres que luchaban con dignidad, que protegían a sus bebés con fiereza, que encontraban fortaleza en la adversidad. Una tarde, mientras limpiaba el área de descanso de las enfermeras, encontró unos guantes de látex nuevos sobre su escritorio temporal. No había ninguna nota, pero supo instintivamente quién los había dejado. Lucía había notado que sus manos se agrietaban por los químicos de limpieza.
Esa noche, Leandro se quedó despierto pensando en el gesto. Nadie en su vida había tenido esa clase de consideración hacia él. Sus padres le compraban autos, le pagaban viajes, le daban dinero, pero nadie se había fijado en sus manos agrietadas. Al día siguiente, mientras organizaba las historias clínicas, observó a Lucía en la sala de espera.
Acariciaba su vientre con movimientos circulares, susurrándole palabras que no podía escuchar desde la distancia. Su rostro resplandecía con esa luz especial que tienen las mujeres embarazadas cuando hablan con el bebé que llevan dentro. Por primera vez en su vida, Leandro Aranda sintió culpa real. Y por primera vez se preguntó qué clase de persona había sido hasta ese momento.
La reunión se convocó en la oficina principal de Ricardo Aranda, en el piso 42 del edificio corporativo más alto de la ciudad. Las ventanas de piso a techo ofrecían una vista panorámica que hacía sentir a las personas como si dominaran el mundo entero. Pero esa tarde Ricardo no se sentía poderoso.
Salvatierra llegó acompañado de Lucía, quien a los 8 meses de embarazo caminaba con la gracia pausada de las mujeres en las últimas etapas de gestación. Llevaba un vestido azul marino sencillo pero elegante y su presencia llenaba la oficina con una dignidad tranquila que contrastaba con la ostentación del lugar.
“Señor Aranda, comenzó Salvatierra, es momento de revelar toda la verdad.” Ricardo frunció el seño. “¡Qué verdad! Pensé que este asunto estaba relacionado únicamente con la demanda. Está relacionado con algo mucho más profundo, respondió Salvatierra abriendo su maletín.
Sacó una serie de fotografías y documentos que extendió sobre la mesa de mármol italiano. La primera fotografía mostraba a un hombre de unos 45 años vestido con uniforme militar. Tenía los mismos ojos grises de Ricardo, la misma estructura facial fuerte, pero su expresión transmitía una nobleza que Ricardo había perdido hacía décadas. Ricardo, te presento oficialmente a tu cuñada, Lucía Herrera de Aranda.
El silencio invadió la oficina como una avalancha. Lucía está casada con tu hermano mayor, Matías Aranda, el hermano que rompió relaciones contigo hace 15 años. por tu forma de tratar a los empleados y trabajadores. Ricardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Matías, murmuró, Matías está muerto.
Murió en esa misión militar en Colombia. Matías está vivo interrumpió Lucía con voz firme. Estuvo en misiones clasificadas durante 12 años. No podíamos comunicarnos con la familia por razones de seguridad nacional. Salvatierra continuó colocando documentos sobre la mesa. Hace un año, Matías se retiró del ejército con honores. Se casó con Lucía hace 8 meses.
Cuando decidieron regresar para reconectarse con la familia, Matías se enteró de el incidente en el restaurante. Ricardo tomó una de las fotografías. Mostraba a Matías y Lucía el día de su boda, rodeados de compañeros militares y una pequeña celebración íntima. ¿Por qué no me contactó directamente?, preguntó Ricardo con la voz quebrada.
Porque quería ver qué clase de personas se habían convertido ustedes, respondió Lucía. Matías me pidió que trabajara en el restaurante durante algunas semanas para observar como la familia Aranda trataba a las personas humildes. La revelación cayó como un martillo. Todo fue una prueba, continuó Lucía.
Matías quería saber si había alguna posibilidad de reconciliación familiar. Ricardo se dejó caer en su silla ejecutiva. Y mi hijo, mi hijo te pateó. Tu hijo pateó a la esposa embarazada de su tío, a su futura prima o primo, a la mujer que su tío ama más que a su propia vida. En ese momento se abrió la puerta de la oficina. Entró un hombre que Ricardo no había visto en 15 años, pero que reconoció inmediatamente.
Matías Aranda tenía 45 años, pero se conservaba en excelente estado físico. Su porte militar era evidente en cada movimiento, pero sus ojos mostraban una sabiduría y una bondad que Ricardo envidiaba. “Hola, hermano”, dijo Matías con voz calmada. Ricardo se levantó lentamente.
Los dos hermanos se observaron durante largos segundos, viendo en el rostro del otro el paso del tiempo y las decisiones que los habían alejado. Matías, creía que habías muerto. Para ti estaba muerto. Desde el día que vi cómo trataste a María, la empleada doméstica que trabajó en casa de nuestros padres durante 20 años, ¿recuerdas? La despediste sin pensión ni indemnización cuando se enfermó de cáncer. Ricardo cerró los ojos.
Ese recuerdo lo perseguía desde hacía años. Eso fue fue un error. Fue una decisión que mostró quién eras realmente, respondió Matías. Por eso me alejé, por eso rompí todo contacto. Se acercó a Lucía y colocó su mano protectoramente sobre su vientre. Cuando Lucía me contó lo que pasó en el restaurante, mi primer impulso fue venir aquí y enfrentar a tu hijo como se enfrenta a los cobardes que agreden mujeres embarazadas.
Ricardo tragó saliva, pero mi esposa me convenció de darle una oportunidad, de ver si había algo rescatable en él. Matías se dirigió hacia la ventana observando la ciudad. Durante estas semanas he estado observando a Leandro en el hospital. los reportes que recibo cada día. ¿Has estado observándolo? Tengo contactos en todas partes, Ricardo. Sé que al principio se resistió.
Sé que trató de usar influencias. Sé que se quejó y protestó. Hizo una pausa sin apartar la vista de la ciudad. Pero también sé que ayer ayudó a una madre adolescente a llenar los formularios del hospital. Sé que hace tr días se quedó hasta tarde ayudando a limpiar. después de una emergencia. Sé que ha empezado a tratar a las enfermeras con respeto. Se volvió hacia Ricardo.
Mi sobrino está cambiando. La pregunta es, ¿será un cambio genuino o solo una actuación para salir del problema? Lucía se incorporó con la gracia pausada de las mujeres embarazadas. Por eso queremos hacer una última prueba, dijo. En dos semanas nacerá nuestro bebé.