HIJO DEL MILLONARIO PATEÓ A UNA EMBARAZADA… SIN SABER QUIÉN ERA SU ESPOSO

Aparta, estúpida, vas a ensuciarme el traje. Leandro Aranda le dio una patada seca a la mujer embarazada. Lucía se desplomó de rodillas, protegiendo su vientre. Las toallas blancas se esparcieron por el piso de mármol. Los amigos de Leandro reían grabando con sus celulares. Lucía levantó la vista serena, sin lágrimas.

Miró directamente a Leandro. Mi esposo ya viene. La frase cayó como una bomba silenciosa. Algo en su tranquilidad hizo que Leandro sintiera inquietud por primera vez. Decenas de huéspedes del hotel observaban la escena desde la distancia. Algunos murmuraban indignados, pero nadie se movía para ayudar.

Otros sacaron disimuladamente sus celulares, ya anticipando los millones de visualizaciones que ese video obtendría en redes sociales. Lentamente, con una dignidad que contrastaba brutalmente con la situación, Lucía se incorporó, recogió las toallas una por una y se alejó caminando pausadamente. Su mano derecha nunca abandonó la protección de su vientre, dejando tras de sí un silencio cargado de preguntas.

Lo que nadie sabía era quién era realmente el esposo de esa mujer y el secreto que haría temblar a toda la familia Aranda. 3 horas después, el video ya circulaba por todas las redes sociales.

La familia Aranda había construido su imperio durante 40 años. Ricardo Aranda, padre de Leandro, controlaba una cadena de hoteles de lujo, centros comerciales y desarrollos inmobiliarios en toda América Latina. Su fortuna se estimaba en 200 millones de dólares y su influencia política llegaba a las más altas esferas del gobierno. Leandro había crecido en ese mundo de privilegios absolutos.

Nunca había trabajado un día en su vida. Sus únicas responsabilidades eran gastar el dinero familiar en autos deportivos, viajes extravagantes y fiestas en yates privados. A los 22 años ya había sido expulsado de tres universidades por escándalos de drogas y violencia.

Su hermana menor, Valentina, de 19 años, seguía el mismo patrón de comportamiento. Ambos hermanos veían a los empleados domésticos, meseros y trabajadores de sus empresas como seres inferiores, objetos desechables que existían únicamente para servirlos. Lucía Herrera había llegado al restaurante La Perla Dorada solo dos meses atrás, cuando su anterior trabajo en una clínica veterinaria ya no le permitía mantenerse de pie durante largas horas. necesitaba el dinero.

 

Su esposo había tenido que ausentarse por trabajo y ella debía sostener la familia hasta su regreso. Era una mujer de 25 años con estudios de enfermería que había tenido que abandonar por falta de recursos económicos. Su belleza natural no necesitaba maquillaje caro ni vestidos de diseñador.