Empezó a correr el video de las 18 horas con6 minutos del primero de noviembre, el día del asesinato. Ahí se veía perfectamente Ramiro grabando desde su celular. la jardinera exacta de la plaza donde dos horas después Carlos Manso caería baleado, rodeado de velas y familias. El video mostraba cada ángulo estratégico, cada acceso lateral disponible, cada posible ruta de escape que habían calculado con anticipación militar.
Se veían las bancas, los puestos de comida, la disposición de las vallas metálicas del perímetro y hasta los puntos donde había poca iluminación. Eh, el mensaje que acompañaba ese archivo decía con claridad escalofriante, “Aquí ando ya, avisen cuando llegue el cliente.” Le pregunté directamente quién era el cliente.
Eh, el licenciado tragó saliva con dificultad. Sus labios se movieron sin sonido al principio, luego respondió con voz ronca que era Carlos Manso. Le pregunté si sabía que en ese preciso momento Manso estaba en su casa con su esposa Grecia preparando el disfraz de calabaza de su hijo Dylan para el festival. Ajeno completamente a que lo estaban cazando, asintió lentamente con la cabeza gacha.
admitió que el operativo llevaba tres semanas completas de vigilancia previa, que sabían perfectamente los movimientos de toda la familia Manso, que tenían fotografías del niño, registros de las rutinas diarias, ubicación exacta de la casa y conocían cada detalle de de del esquema de protección del alcalde. Esto no fue improvisado por desesperación, fue una cacería planificada con precisión contra una familia completa y ellos lo sabían absolutamente todo antes de jalar el gatillo.
Le mostré otro video, uno que circuló semanas antes del asesinato. El gobernador Ramírez Bedoya acercándose a Carlos Manso en un evento público, abrazándolo, sonriendo frente a cámaras y preguntándole con tono burlón cuántos criminales había abatido últimamente. Manso responde incómodo que varios que trabajan coordinados, pero el gobernador insiste riéndose, preguntándole cuántos él personalmente había matado como si lo retara públicamente.
Le dije al licenciado que ese video no era conversación casual, era advertencia calculada. El gobernador sabía que Manso acababa de capturar al Rino, sabía que el cártel respondería con sangre y aún así lo humilló públicamente, lo marcó, lo señaló antes de entregarlo. El licenciado asintió lentamente y dijo que ese video circuló internamente entre los operadores como confirmación de que arriba ya habían dado luz verde y ahí empezó a soltar todo.
Ya quebrado, ya sin resistencia, empezó a hablar de cosas que ni siquiera le había preguntado todavía. El licenciado mencionó algo que no esperábamos. dijo que el líder de las autodefensas, Hipólito Mora, había declarado públicamente en 2021 que Cárteles Unidos tuvo influencia directa en las elecciones estatales, donde ganó Ramírez Bedoya.
Mora afirmó textualmente que el grupo criminal intimidó a otros candidatos para garantizar el triunfo del gobernador, que la operación electoral fue coordinada por Cárteles Unidos y que Ramírez Bedoya mantiene la política de permitir que ese cártel opere libremente en la región. Le pregunté si eso era cierto. El licenciado asintió y dijo que en los círculos del narco todos sabían que el gobernador llegó al poder con apoyo del crimen organizado y que desde entonces existe un pacto.
Eh, ellos pueden operar sin presión mientras paguen su cuota y eliminen a quien el gobernador señale como problema. Carlos Manso era ese problema. No solo combatía el narco, estaba investigando los vínculos familiares del gobernador con cárteles unidos y amenazaba con exponerlos, por eso tenía que morir. Ya quebrado, con lágrimas todavía en los ojos, el licenciado empezó a conectar todos los puntos sin que yo tuviera que presionarlo más.
Ahí fue cuando lo confronté con algo que cambió su cara por completo. Le pregunté, ¿por qué específicamente Carlos Manso? ¿Por qué ese nivel de ensañamiento? Cuando podían haber esperado otra oportunidad menos pública, se quedó callado mirando sus manos esposadas. Le recordé que Manso no era el único alcalde combatiendo al narco en Michoacán, pero sí era el único que el gobernador Ramírez Bedoya quería muerto.
19 horas 45 minutos, Ramiro reportó, “El cliente ya llegó, transmisión en vivo, niño en hombros.” Confirmaron la identidad, ajustaron posiciones. El licenciado respondió, “Atentos, no habrá otra oportunidad.” Pero antes de seguir le mostré algo que no esperaba. Documentos de la Secretaria de Defensa Nacional obtenidos tras el hackeo Huacamaya, donde se menciona Anabel Bedoya Marín, tía del gobernador, hablando directamente con integrantes de Cárteles Unidos sobre reuniones operativas. Le mostré el expediente del
esposo de esa tía, Adverto Fructuoso con Parán Rodríguez, alias El Fruto, expresidente municipal de Aguililla, actualmente recluido en Estados Unidos por intentar traficar 550 kg de metanfetamina. Le mostré la ficha del primo del gobernador, Adalberto Comparán Bedoya, detenido en Miami en marzo de 2021 por recibir un cargamento de metanfetamina enviado desde México que pertenecía a Cárteles Unidos.
El licenciado palideció cuando vio los documentos militares. Le dije que Manso sabía todo esto, que había investigado esos vínculos familiares y que iba a exponerlos públicamente. Por eso tenía que morir, no solo por capturar al Rino, sino porque sabía demasiado sobre la familia criminal del gobernador. Pero el mensaje que realmente lo destruyó anímicamente fue el de las 20 horas exactas, apenas 15 minutos antes de los disparos mortales.
El licenciado escribió, “Disparen no importa quién esté con él, mátenlo como de lugar.” Intentó negar que fuera suyo, pero le mostré el análisis forense completo. Todo coincidía con su ubicación en Uruapan. Le pregunté si sabía que Dylan iba montado en el cuello de su padre. Ahí fue cuando se quebró por completo.
Empezó a llorar abiertamente, soyosos entrecortados que no podía controlar. Dijo que nunca imaginó que dispararían con el niño tan cerca. Eh, le mostré los videos de testigos. Dylan cayendo junto con su padre cubierto con la sangre que brotaba del pecho destrozado de manso. El niño gritando, “¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!” durante 11 minutos completos, sin que nadie pudiera explicarle por qué su padre no respondía, el licenciado dejó caer la cabeza sobre la mesa metálica y lloró sin control durante casi 5 minutos.
Cuando levantó la vista, ya no era el mismo. La máscara de dureza había desaparecido y entonces vino lo que nadie quería escuchar, pero no había terminado. Le mostré los mensajes posteriores documentando la huida 20 horas con 14 minutos. Ramiro coordinando. Recoger a Fernando ya, callejón farmacia, Nissan Gris esperando ubicaciones GPS, videos de escape.
Mientras Manso agonizaba y Dylan gritaba, ellos coordinaban con calma cómo evitar cámaras y llegar a la casa de seguridad. Ahí fue cuando le solté algo que no esperaba. Le dije que Mansu no fue el primero, que bajo el gobierno de Alfredo Ramírez Bedoya habían caído siete alcaldes en menos de 3 años. Le mostré la lista completa con nombres y fechas.
Enrique Velázquez de Aguililla, torturado y asesinado. César Valencia, también de Aguililla, emboscado. Guillermo Torres de Churumuco, ejecutado en Taquería. Yolanda Sánchez de Cotija, secuestrada y asesinada. Marta Laura Mendoza de Tepalcatepeca, atacada. Salvador Bastida de Tacámbaro, asesinado con su escolta. Y ahora Carlos Manso con su hijo en brazos.
Siete alcaldes, siete autoridades que combatían extorsión, que denunciaban al crimen, que pedían refuerzos. Los siete cayeron bajo el mismo gobernador que coordina esquemas de protección. Le pregunté si creía en coincidencias. El licenciado negó con la cabeza. Dijo que el patrón era deliberado, que en los círculos del crimen organizado todos sabían que Michoacán era plaza abierta siempre y cuando pagaran a quien tenían que pagar arriba.
Siete alcaldes en 3 años. No es mala suerte incompetencia, es patrón criminal sistemático. Le puse las fotografías forenses de Ramiro y Fernando ejecutados en la carretera, manos atadas, tortura previa, tiros en la nuca. Le pregunté por qué mataron a sus propios hombres. Soltó la frase clave.