Todo fue en vano. La policía local realizó varias rondas e interrogó a quienes se encontraban en la zona de la desaparición. Nadie recordaba haber visto a personas sospechosas ni haber presenciado ningún conflicto o accidente.

Se decía que la pareja tenía previsto pasar la noche en un pequeño refugio situado a media altura, pero tampoco allí los encontraron. Tampoco nadie informó de gritos en el sendero, señales de socorro o bengalas. La desaparición fue silenciosa, misteriosa y no se explicaba por las condiciones meteorológicas. Los familiares pidieron que se continuara la búsqueda, pero al cabo de tres o cuatro semanas, los equipos de rescate reconocieron que las posibilidades eran mínimas.
Si había ocurrido una desgracia y los turistas se encontraban en un lugar de difícil acceso, podían haber quedado sepultados por un desprendimiento o haber caído en un barranco. En ese caso, solo el azar podría encontrarlos. Pasaron los años y la pareja nunca apareció. Nadie llamó. Nadie escribió.
Sus documentos quedaron archivados con la nota desaparecidos sin dejar rastro. Ninguno de sus conocidos recibió noticias, ni surgieron versiones de que hubieran desaparecido voluntariamente. No tenían deudas ni antecedentes penales, eran personas completamente normales. Los padres que perdieron a sus hijos esperaron durante muchos años que algún día les llamaran para decirles que habían encontrado el cuerpo o al menos sus pertenencias personales. Cada vez que traían los restos de alguien de las montañas esperaban los resultados de la autopsia.
Pero siempre resultaban ser otras personas que habían sufrido algún percance. Corrían todo tipo de rumores y conjeturas. Se hablaba de ataques de animales salvajes, de barrancos traicioneros, de que podrían haber sido secuestrados por sectas extrañas, pero no había pruebas de nada. Llegó el final de los años 70, luego los 80 y los 90.
La gente cada vez recordaba menos a aquellos turistas. Solo sus familiares preguntaban de vez en cuando a la policía si había alguna novedad. Las respuestas eran siempre las mismas. El archivo estaba abierto, el caso no estaba cerrado, pero había pocas perspectivas.
Solo la tenacidad de los padres y de un par de amigos que habían sido amigos de los desaparecidos en su juventud ayudaba a mantener vivo el recuerdo. Sin embargo, no había posibilidades de encontrarlos. Los nuevos rescatistas al llegar al servicio escuchaban la historia como una leyenda. Decían que una vez desapareció una pareja allí y nadie entendió cómo había sucedido en una ruta relativamente sencilla.
Después de todo, las montañas no eran famosas por ser especialmente peligrosas. La gente solía hacer excursiones allí con regularidad. Rara vez se perdían y si lo hacían solían encontrarse rastros. Pero aquí había un silencio total. Pasaron décadas y parecía que si para entonces no se habían encontrado los restos, seguramente todo había quedado sepultado bajo una avalancha de rocas o en alguna grieta profunda donde nadie iba. Los padres envejecían poco a poco.
Muchos amigos de la pareja desaparecida se mudaron a otras ciudades o incluso a otros países. Los archivos del caso acumulaban polvo y de vez en cuando alguien intentaba sacar a relucir la historia, pero sin éxito. Ya cerca del año 2000, el interés por esta leyenda casi se había extinguido.
Si alguien la recordaba, solo eran los ancianos que podían decir, “Sí, había una pareja así. desapareció y no volvimos a saber nada de ellos. En 2012 todo cambió. Un cazador ocasional que vivía en el pueblo más cercano se fue a cazar a la parte alta del bosque. No se dedicaba a la casa comercial, solo buscaba alimentos y algunas pieles para vender.
Todos los lugareños conocían esa zona, donde a veces se veían siervos, jabalíes y de vez en cuando lobos. El cazador avanzaba por el sendero, abriéndose camino entre la maleza. Según él, tropezó accidentalmente con la raíz de un árbol grande y vio que la tierra alrededor estaba parcialmente excavada. Pensó que tal vez un animal había acabado una madriguera, pero entonces vio un frasco de cristal.