EL LLANTO INESPERADO: Un Niño Sin Nada y el Secreto que Sacudió a Sevilla

Miró la iglesia. San Lorenzo. La cruz iluminada. Su única esperanza. El Padre Esteban.

Caminó bajo la lluvia. Sintiendo el peso de la vida. El peso del destino. Al entrar, el olor a cera lo envolvió. Dejó a Tomás en el banco. Buscó una manta. Lo cubrió. Lo secó con su propia camisa.

Se tumbó en el suelo de piedra. A su lado. Custodiándolo.

Por primera vez, no sintió miedo. Sintió propósito.

III. La Pulsera y el Titular
El amanecer llegó con un hedor a humedad. Álvaro despertó. El bebé dormía. Tan tranquilo. Una pequeña sonrisa.

“Tendremos que comer, campeón.”

Salió a la calle. Con el bebé envuelto. La pulsera de Tomás brillaba. En la plaza, Doña Carmen, la vendedora de churros. Ella era bondad pura.

“Álvaro, muchacho. ¿Y ese bebé?”

“Lo encontré, Doña Carmen. Solo.”

Ella suspiró. Le dio dos churros. Un vaso de leche. “Los milagros llegan mojados, niño. Cuídalo bien.”

Álvaro mojó un trozo de churro en la leche. Con el dedo, una gota en la boca del bebé. Tomás chupó.

Doña Carmen rio. “Mira tú qué arte.”

Álvaro sonrió. Una sonrisa real.

De camino a la iglesia, un poste. Un cartel. Enorme.

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Y debajo. Una foto. El bebé. La misma cara. La misma pulsera. TOMÁS.

El corazón le dio un vuelco. Miedo. Volvió. Frío.

Corrió a la iglesia. Padre Esteban estaba allí.

“Padre. Es él.” Las lágrimas cayeron. “Si lo entrego, me meterán a la cárcel. Creerán que lo robé.”

El sacerdote le puso una mano en el hombro.

“Hacer lo correcto duele más que hacer lo fácil, Álvaro. El amor es dejar ir, no quedarse.”

Esa noche, Álvaro se quedó despierto. Mirando a Tomás.

“Te cuidé, pequeño. Te lo prometí.” Murmuró. “Pero eres de él. De ese hombre. Te tiene que dar más que yo.”

Tomás le agarró el dedo. Fuerte. Una conexión. Dolor y poder se mezclaron.