I. La Noche Quebrada
El viento aullaba sobre Triana. No era una brisa, sino una bestia hambrienta golpeando los ventanales. Rafael Valdés, el hombre que compraba y vendía media Andalucía, sintió el golpe en el pecho. No era el viento.
Él estaba de pie. Inmóvil. En su salón de mármol. El teléfono, mudo sobre la mesa. Su traje de seda parecía una armadura, pero sus ojos estaban rotos. Isabel, su esposa, ya no lloraba; solo temblaba.
“Se ha ido,” Isabel murmuró. La voz, un cristal que se hacía añicos. “No es un secuestro, Rafael. Es mi culpa.”
Rafael se giró. Lento. Su rostro, una máscara de granito.
“¿Qué dices?” Su voz era un trueno sordo.
“Esa mujer. La niñera. Me desafió. La eché. Ella… ella se fue con Tomás. Me juró que lo dejaría en un sitio seguro. Cerca del hospital. Para que me arrepienta.”
Rafael dio un paso. Cada músculo tenso.
“¿Te lo dijo? ¿Y callaste?”
“Sí. No quería… no quería que el mundo supiera que no pude cuidar ni de un hijo.”
Silencio. Un vacío más grande que la mansión. El hombre más poderoso de Sevilla. Engañado. Por una mentira. Por el miedo de su mujer.
“Llevaba la pulsera. Su nombre. Tomás.”
Rafael tomó el abrigo. Negro. Grueso. La furia y el dolor se habían fusionado en un motor helado.
“Tú te quedas. Yo lo encuentro.”
Cruzó la puerta. No había amor en el gesto. Solo una necesidad brutal de recuperar su posesión. El hijo. La prueba de que el caos no podía tocar su vida.
II. El Encuentro Bajo La Lluvia
Álvaro tembló. No por el frío, sino por el sonido. Venía del portal del hospital. Un llanto débil. No humano. Casi un gemido de animal pequeño.
Nueve años. Ropa de harapos. Hambre crónica. Eso era él.
Cruzó la calle. El agua le llegaba a los tobillos. Vio la cesta. Una manta mojada. Dentro. Un bebé. Pequeño. Rojo. Los labios apenas se movían.
Álvaro no pensó. Acción pura.
Lo tomó en brazos. Pesaba menos que un saco de patatas. El contacto era eléctrico. El llanto cesó. El bebé abrió unos ojos azules, dos puntos de luz en la oscuridad.
Álvaro sintió un calor. Justo en el hueco vacío de su estómago.
“Tranquilo, pequeñín.” Murmuró. “Ya no estás solo.”
Vio la pulsera. TOMÁS.
Se acurrucó bajo el toldo de la farmacia. No sabía qué hacer. Recordó a su madre, años atrás, un movimiento rítmico. Acuñó al bebé. Torpemente. Lo movió. Le cantó una canción inventada, sin letra.
El bebé se durmió.
Álvaro se juró algo en ese instante. Una promesa silenciosa en el corazón de la tormenta: “No te dejaré. No soy como ellos.”