La ventana del baño, la puerta trasera de la cocina, el tragaluz del techo. El verdugo intentará entrar por los tres simultáneamente. Necesitamos cubrirlos todos. El comandante empieza a entender. Estás diciendo que nos ayudarás a defendernos. Mario, toma la Glock 17 de la mesa. Verifica el cargador. 17 balas.
No tengo opción. Si el verdugo me captura, me torturará para obtener información sobre el cartel de Sinaloa. Luego me matará. Luego investigará mi vida, encontrará a mi hija, la usará como mensaje. No puedo permitir eso. Lanza la escopeta recortada al comandante. Tú cubres la puerta principal.
Tus dos hombres más experimentados cubren la puerta trasera. Los otros tres cubren las ventanas. Afuera, los 12 sicarios del verdugo se organizan. Mario los observa desde una rendija en la ventana. Reconoce la formación. Táctica militar básica. Tres equipos de cuatro, uno frontal, dos flanqueando.
Tienen 30 segundos antes de que ataquen. Posiciones. Ahora los seis sicarios obedecen instintivamente. Hay algo en la voz de Mario que no admite dudas. La voz del chivo. La voz del sicario que eliminó 147 objetivos sin fallar nunca. El sicario joven con acné tiembla. mientras se posiciona junto a la ventana del baño.
Nunca he estado en un tiroteo real, solo he amenazado gente. Mario se arrodilla junto a él. Escucha, cuando empiecen a disparar, no pienses. Solo reacciona, apunta al centro de masa, dispara dos veces, muévete. No te quedes en el mismo lugar y respira. Si dejas de respirar, mueres. El muchacho asiente. Sus manos todavía tiemblan, pero hay determinación en sus ojos.
Afuera, el verdugo grita, “Mario Soto, sabemos quién eres. Sal con las manos arriba. Tienes 10 segundos.” Mario no responde. Cuenta mentalmente. 10 9 8. Revisa su pistola una última vez. 7 6 C Mira a los seis sicarios que hace una hora querían matarlo y que ahora dependen de él para sobrevivir. Cuatro, tres, dos, respira profundo. Uno, las puertas explotan hacia adentro.
El tiroteo comienza. La puerta principal se astilla bajo una ráfaga de fusil de asalto. El comandante dispara la escopeta recortada a través del humo y la madera destrozada. Un grito afuera, alguien cae. El sicario gordo y el delgado disparan desde la cocina cuando tres hombres intentan entrar por la puerta trasera. Vidrios explotan.
Balas perforan las paredes. El olor a pólvora llena la cantina. Mario se mueve con fluidez imposible para un hombre de 63 años. Dispara dos veces hacia la ventana del baño. Dos impactos. Un cuerpo cae. El sicario joven con acné dispara su pistola con los ojos cerrados. “Abre los ojos, grita Mario.
No puedes pelear ciego.” El muchacho abre los ojos, ve a un sicario trepando por la ventana, dispara tres veces. El sicario cae hacia atrás. El muchacho vomita inmediatamente. No hay tiempo para eso. Recarga. Mario le lanza un cargador extra. El muchacho recarga con manos temblorosas, pero funcionales. Está aprendiendo, está sobreviviendo. El verdugo grita órdenes afuera.
Equipo dos, rodeen por el callejón. Equipo tres, suban al techo. Mario escucha, calcula. Comandante, van por el tragaluz. El comandante mira hacia arriba. El tragaluz de vidrio en el techo está a 4 m de altura. No podemos cubrirlo desde aquí. Mario corre hacia la rocola, la empuja con fuerza sorprendente.
La máquina antigua se desliza. Debajo hay una trampilla. Ayúdenme. El sicario gordo corre hacia Mario. Juntos levantan la trampilla. Debajo hay un sótano pequeño. ¿Qué es esto?, pregunta el sicario. Refugio antiaéreo de los años 50. El dueño anterior era paranoico. Mario saca una caja de metal del sótano. Dentro hay granadas, tres viejas pero funcionales. Las compré hace 15 años.
Esperaba nunca usarlas. Toma una, le quita el seguro, la lanza por la ventana rota hacia donde están reagrupándose los sicarios del verdugo. La explosión sacude la cantina. Gritos afuera. Mario no espera. Lanza la segunda granada hacia la puerta trasera. Otra explosión. Más gritos. El tiroteo disminuye momentáneamente. Los sicarios del verdugo están desorientados, asustados. No esperaban resistencia organizada.
No esperaban granadas. El comandante aprovecha. Sale por la puerta principal, dispara la escopeta a quemarropa contra dos sicarios que intentaban entrar. Ambos caen. Regresa adentro. Antes de que puedan responder, el sicario delgado con tatuajes grita desde la cocina. Están retrocediendo, se están reagrupando.
Mario mira por la ventana, cuenta, ocho sicarios del verdugo siguen en pie. Cuatro muertos o heridos. No se están reagrupando. Están esperando refuerzos. El comandante recarga su escopeta. ¿Cuánto tiempo tenemos? Mario escucha. Sirenas a lo lejos. 5 minutos, tal vez menos. Alguien llamó a la policía. El comandante ríe sin humor. La policía no nos ayudará. La mitad trabaja para el cej.
Mario guarda su última granada. No necesitamos que nos ayuden, solo necesitamos que lleguen. El verdugo no querrá estar aquí cuando aparezcan. Demasiadas preguntas, demasiados testigos. Afuera. El verdugo grita, “Esto no termina aquí, chivo. Te encontraré. Encontraré a tu familia.” Mario se congela. Esas palabras cruzan una línea. Amenazar a su hija.
El único motivo por el cual se retiró. El único motivo por el cual ha vivido honestamente durante 19 años. Camina hacia la puerta principal. El comandante intenta detenerlo. ¿Qué haces? Te matarán. Mario lo aparta suavemente. Ya crucé demasiadas líneas esta noche. Una más no importa. Sale de la cantina con las manos vacías.
Los ocho sicarios del verdugo lo apuntan inmediatamente. El verdugo, un hombre enorme con cicatrices en el rostro y tatuajes en el cuello, camina hacia Mario. ¿Viniste a rendirte, viejo? Mario lo mira sin miedo. Vine a negociar. El verdugo ríe. No hay negociación. Mataste a cuatro de mis hombres, heriste a tres más. Vas a morir lentamente. Mario asiente.
Probablemente, pero antes de que eso pase, quiero que sepas algo. Tengo contactos en el cartel de Sinaloa. Gente que me debe favores, gente que prometió proteger a mi familia si algo me pasaba. Si me matas, si tocas a mi hija, ellos vendrán por ti. No solo por ti, por tu familia, tus hermanos, tus padres, tus hijos, todos. Ese es el trato que hice cuando me retiré.
El verdugo deja de reír. ¿Estás mintiendo? Mario saca un teléfono viejo de su bolsillo, marca un número, pone el altavoz. Una voz ronca contesta, “Mario, ¿eres tú? Mario responde, “Sí, compadre, tengo un problema. Un comandante del CJNG llamado el verdugo, amenazó a mi hija. Silencio al otro lado. Luego, dime dónde está.
Lo eliminamos esta noche. Mario mira a el verdugo. ¿Todavía quieres matarme? Las sirenas están más cerca ahora. 2 minutos, tal vez menos. El verdugo baja su arma lentamente. Sus ojos calculan. mide el riesgo. Iniciar una guerra con el cartel de Sinaloa por matar a un sicario retirado. No vale la pena.
Esto no termina aquí, chivo. Mario guarda su teléfono. Sí, termina aquí. Ahora te vas. Yo me voy. Nunca nos volvemos a ver. Olvidas que existo. Yo olvido tu nombre. Todos seguimos vivos. El verdugo escupe al suelo. Hace un gesto a sus hombres. Vámonos. Las tres camionetas negras arrancan. Desaparecen en la noche justo cuando las primeras patrullas llegan.
Cuatro patrullas de la policía estatal se estacionan frente a la cantina El Refugio. 12 oficiales bajan con armas. El comandante de la policía, un hombre de 50 años con bigote gris, entra a la cantina. Ve los vidrios rotos, las balas incrustadas en las paredes, la sangre en el piso. Ve a Mario y a los seis sicarios.
¿Qué pasó aquí? Mario responde con voz cansada. Intento de robo. Entraron armados. Nos defendimos. Se fueron cuando escucharon las sirenas. El comandante de policía no le cree. Nadie le creería, pero mira alrededor, ve la evidencia de un tiroteo masivo. Ve a siete hombres vivos cuando debería haber solo cadáveres. Alguien resultó herido. Mario niega.
Solo rasguños. Tuvimos suerte. El comandante observa a Mario durante 10 segundos. Hay reconocimiento en sus ojos. Conocimiento. Don Mario, usted es un hombre afortunado, muy afortunado. Sugiero que cierre su cantina por unos días, haga reparaciones, deje que las cosas se calmen. Mario asiente. Lo haré.