Hablé con el tigre. dice que el chivo es real, que si es él estamos muertos, que el cartel de Sinaloa lo protegió durante años porque era su mejor activo, que cuando se retiró hicieron un pacto, él desaparece, ellos no lo buscan. Dice que nadie sabe dónde está hasta ahora. El comandante mira a Mario con nuevos ojos.
Ya no hay arrogancia, hay cálculo, miedo controlado. Mario camina alrededor de la barra hacia el centro de la cantina. Los sicarios retroceden instintivamente. Mantienen sus armas apuntadas, pero sus manos tiemblan. Mario se para junto a don Refugio, le ofrece su mano. El viejo la toma. Mario lo ayuda a levantarse.
Perdóname, don refugio. No quería que vieras esto. El viejo asiente todavía llorando. Mario mira a los otros clientes. Todos pueden irse. Salgan por la puerta trasera. No miren atrás. No hablen de esto con nadie. Olviden que estuvieron aquí esta noche. Los clientes se levantan torpemente.
Algunos lloran, otros tiemblan tanto que apenas pueden caminar. Se dirigen hacia la puerta trasera de la cantina junto a la cocina. El comandante no los detiene. Está demasiado ocupado observando a Mario tratando de decidir su próximo movimiento. En dos minutos la cantina está vacía, excepto por Mario y los seis sicarios.
El silencio es denso, cargado de violencia potencial. La rocola está apagada. Solo se escucha la respiración nerviosa de los sicarios y el tráfico distante de la calle Morelos. Mario se sienta en una de las sillas de madera, cruza las piernas, parece completamente relajado. Ahora podemos hablar con honestidad. Ustedes vinieron a buscar a el chivo. Me encontraron.
¿Qué van a hacer? El comandante baja su fusil ligeramente. ¿Por qué te retiraste? Los sicarios como tú no se retiran, terminan muertos o en prisión. Mario asiente. Tienes razón, pero yo tuve una razón. Una razón que valió más que el dinero, más que el poder, más que la reputación.
El sicario gordo con la cicatriz pregunta, ¿qué razón? Mario mira hacia la puerta trasera por donde salieron los clientes. Mi hija. En 2005, mi hija tenía 12 años. Su madre había muerto 3 años antes en un accidente. Yo era todo lo que tenía. Un día llegué a casa después de un trabajo en Tijuana. Tenía sangre en la camisa. Ella me vio. Me preguntó, “Papi, ¿qué haces?” No pude mentirle.
Vi el miedo en sus ojos, el miedo hacia mí, su propio padre. Esa noche decidí que terminaría. El comandante escucha, su expresión es ilegible. Y el cartel de Sinaloa te dejó ir así no más. Mario niega con la cabeza. Negocié. Había eliminado 147 objetivos para ellos. Nunca fallé. Nunca hablé, nunca dejé evidencia.
Les dije, “Me voy, desaparezco, cambio de identidad, a cambio, todo lo que sé sobre operaciones, rutas, contactos, muere conmigo.” Aceptaron. Me dieron dinero suficiente para empezar de nuevo. Vine a Guadalajara, abrí esta cantina, crié a mi hija. Ella ahora tiene 31 años, es doctora, vive en Ciudad de México, no sabe quién fui.
El sicario joven con acné baja su arma completamente. Entonces, ¿por qué revelaste tu identidad ahora? Pudiste quedarte callado, dejarnos buscar a alguien que no existe. Mario se levanta de la silla porque iban a matar a gente inocente. Porque don refugio tiene nietos. Porque esa mujer que lloraba tiene tres hijos esperándola en casa.
Porque pasé 19 años tratando de ser diferente del hombre que fui. No iba a dejar que murieran por mi silencio. El comandante levanta su fusil nuevamente. Bonita historia, viejo, pero tengo órdenes. Vine a eliminar a el chivo. No puedo regresar con las manos vacías. Mario asiente lentamente. Lo entiendo. Tienes un trabajo.
Yo también lo tuve. Sé cómo funciona, pero déjame hacerte una pregunta. ¿Realmente quieres intentar matarme? Porque si lo intentas, algunos de ustedes no saldrán vivos de esta cantina, tal vez ninguno. ¿Vale la pena? Los seis sicarios se miran entre ellos. El miedo es visible. Ahora ya no están seguros de nada.
El comandante mantiene su fusil apuntado, pero su dedo no está en el gatillo. Está calculando. Mario lo reconoce porque él hacía lo mismo hace 30 años. Evaluar riesgos, medir probabilidades de supervivencia, decidir si el objetivo vale las bajas potenciales. No estás armado, dice el comandante.
Finalmente revisamos la cantina cuando entramos. No hay armas aquí. Mario sonríe otra vez. Esa sonrisa fría, ¿estás seguro? Camina lentamente hacia la rocola en la esquina. Los sicarios lo siguen con sus armas. Mario mete la mano detrás de la máquina antigua. Hay un click metálico. Saca una pistola Glock 17 negra, bien mantenida. La coloca sobre una mesa cercana. Esta tiene 17 balas.
Camina hacia la barra. Se agacha. Otro clic. Saca una escopeta recortada, la coloca junto a la pistola. Esta tiene seis cartuchos. Camina hacia el cuadro de la Virgen de Guadalupe en la pared. Lo mueve. Detrás hay un compartimento. Saca un cuchillo de combate, lo coloca con las otras armas.
El sicario delgado, con tatuajes de calaveras retrocede hacia la puerta. Comandante, esto es una trampa. Debemos irnos. El comandante no se mueve. está fascinado y aterrorizado al mismo tiempo. ¿Has tenido esas armas aquí durante 19 años? Mario asiente. Esperaba nunca usarlas, pero un sicario retirado es como un alcohólico sobrio.
Siempre hay una parte de ti que sabe que podrías recaer, así que te preparas por si acaso. Mario regresa al centro de la cantina, se para a 3 m de las armas, a 5 m de los sicarios. Ahora tienen una decisión. Pueden intentar matarme. Tal vez lo logren. Son seis, son jóvenes, están armados. Pero yo conozco esta cantina, cada sombra, cada ángulo, cada rincón donde esconderme.
Y aunque tenga 63 años, todavía recuerdo cómo matar eficientemente. Algunos de ustedes morirán. Tal vez todos están dispuestos a arriesgar eso. El comandante baja su fusil lentamente. ¿Cuál es la alternativa? Mario camina hacia la barra, sirve seis caballitos de tequila, los coloca en fila. La alternativa es que se tomen un trago conmigo.
Luego se van, le dicen a su jefe que el chivo no existe, que fue un rumor falso, que perdieron el tiempo. Yo sigo sirviendo tequila, ustedes siguen vivos, todos ganamos. El comandante mira a los caballitos, mira a sus hombres, mira a Mario. Hay un momento de tensión absoluta. Nadie se mueve, nadie respira. El futuro se balancea en un filo de navaja.
Entonces el comandante camina hacia la barra, toma uno de los caballitos, lo huele. ¿Cómo sé que no está envenenado? Mario toma otro caballito, se lo bebe de un trago, porque si quisiera matarlos, ya estarían muertos. No necesito veneno. El comandante observa a Mario durante 5 segundos eternos. Luego se bebe el tequila. Los otros cinco sicarios se acercan lentamente. Cada uno toma un caballito. Beben en silencio.
El tequila quema. El momento es surreal. Seis sicarios del CJNG bebiendo con el sicario legendario del Cartel de Sinaloa en una cantina vacía. A medianoche. El comandante coloca su caballito vacío sobre la barra. ¿Por qué haces esto? Somos enemigos. Representamos al cartel que está eliminando al tuyo. Mario llena los caballitos nuevamente. Yo no tengo cartel.
Me retiré y ustedes no son mis enemigos. Son muchachos haciendo un trabajo peligroso porque probablemente no tienen mejores opciones. Yo fui como ustedes. Entré al cartel de Sinaloa a los 20 años porque necesitaba dinero para cuidar a mi madre enferma. Pensé que sería temporal. 13 años después había matado a 147 personas y no reconocía al hombre en el espejo.
El sicario joven con acné pregunta con voz temblorosa, “¿Cómo vives con eso? ¿Cómo duermes sabiendo lo que hiciste?” Mario lo mira directamente. No duermo bien nunca. Cada noche veo sus caras. 147 rostros. Algunos me suplicaron, otros me maldijeron, otros simplemente cerraron los ojos y esperaron. Lo recuerdo a todos. Esa es mi condena, no la prisión, no la muerte, el recuerdo.
El comandante sirve otra ronda. Esta vez él sirve. Mi jefe no va a aceptar que regrese sin resultados. Dirá que soy débil, que tengo miedo. Mario asiente. Entonces, inventa una historia mejor. Dile que encontraste evidencia de que el chivo murió hace 10 años. Cáncer está enterrado en algún cementerio de Culiacán. Yo te daré detalles suficientes para que suene creíble.
Nombres, fechas, lugares. Tu jefe estará satisfecho. Tú mantienes tu posición. Yo mantengo mi paz. El comandante considera la oferta. Bebe su tercer tequila. El alcohol empieza a relajar la tensión. ¿Por qué nos ayudarías? Entramos aquí para matarte.