sobre la espalda de Mario, presionando su rostro contra las baldosas frías. Última vez, abuelo. ¿Dónde está el chivo? Mario siente el peso de la bota, el polvo del suelo en su boca, el silencio tenso de 40 personas esperando su respuesta. Cierra los ojos, ve imágenes de hace 30 años. Cuerpos cayendo, sangre en sus manos. El apodo que lo persiguió durante 13 años.
El chivo, el sicario más letal del cartel de Sinaloa. El hombre que eliminó a 147 objetivos sin fallar nunca. El comandante aumenta la presión de su bota. Mario siente una costilla crujir. El dolor es intenso, pero distante, como si le estuviera sucediendo a otra persona. Ha roto huesos antes, los suyos y los de otros. Sabe exactamente cuánta presión se necesita para fracturar una costilla, cuánta para perforar un pulmón. Este comandante es Amateur. No sabe lo que hace.
Solo está jugando a ser peligroso. Habla, viejo. O empiezo a matar a tus clientes uno por uno hasta que hables. Uno de los sicarios, un hombre gordo de 40 años con una cicatriz en la mejilla, arrastra a don Refugio por el brazo. El viejo de 70 años llora, suplica. Por favor, yo no sé nada. Tengo nietos. por favor.
El sicario lo pone de rodillas en el centro de la cantina, le apunta a la nuca con una pistola Glock 19. El comandante mira a Mario. Última oportunidad. ¿Dónde está el chivo? Mario abre los ojos. Ve a don Refugio temblando, llorando, esperando la muerte. Ve a los otros clientes en el suelo, paralizados de terror. Ve al sicario joven con acné.
nervioso, con el dedo en el gatillo, ve al comandante arrogante, seguro de su poder. Y en ese momento Mario toma una decisión, la misma decisión que juró nunca volver a tomar hace 19 años. Pero algunas promesas se rompen cuando no hay otra opción. El chivo no existe”, dice Mario con voz calmada, clara, sin rastro de miedo. El comandante frunce el seño. “¿Qué dijiste?” Mario repite más fuerte, “El chivo no existe.
Ese apodo lo inventaron hace 30 años para un sicario del cartel de Sinaloa que eliminó a 147 objetivos entre 1990 y 2005.” Yo soy el chivo. Me retiré hace 19 años. Abrí esta cantina para vivir en paz. Ustedes acaban de arruinar esa paz. El silencio que sigue es absoluto. La rócola dejó de tocar hace minutos. Nadie respira. Los seis sicarios se miran entre ellos.
El comandante quita su bota de la espalda de Mario. Da un paso atrás. Su expresión cambia de arrogancia a confusión. Luego a algo parecido al miedo. ¿Estás mintiendo? El chivo es un mito, una leyenda que los viejos del cartel de Sinaloa inventaron para asustar gente. Mario se levanta lentamente. Sus movimientos son diferentes.
Ahora ya no es el cantinero viejo y cansado. Hay una fluidez en cómo se mueve, una precisión, una economía de movimiento que solo viene de años de entrenamiento. Se limpia el polvo de su camisa blanca manchada de sangre. No es un mito. Pregúntale a tu jefe. Pregúntale a cualquiera que trabajó en el cartel de Sinaloa en los 90.
Pregúntale sobre el sicario que nunca falló. El que eliminó a tres comandantes del cartel del Golfo en una sola noche en Monterrey. El que entró solo a una casa de seguridad en Culiacán y salió con cinco objetivos muertos en 7 minutos. El sicario gordo con la cicatriz suelta a don Refugio. El viejo se arrastra de regreso hacia los otros clientes. El sicario joven con acné baja su arma.
Sus manos tiemblan. El comandante intenta mantener el control. Aunque fueras el chivo, eso fue hace 30 años. Ahora eres un viejo. Nosotros somos seis. Estamos armados. Tú no tienes nada. Mario sonríe por primera vez en toda la noche. Es una sonrisa fría, sin humor. Tengo 63 años, pero la memoria muscular no desaparece y ustedes cometieron tres errores. El comandante aprieta su fusil.
¿Qué errores? Mario cuenta con los dedos. Primero, entraron a mi territorio sin investigar quién soy. Segundo, amenazaron a gente inocente en mi cantina. Tercero, me dieron tiempo para decidir si vale la pena romper mi retiro. Camina lentamente hacia la barra. Los sicarios lo siguen con sus armas, pero nadie dispara.
Hay algo en la forma en que Mario se mueve que los paraliza. Una certeza, una ausencia total de miedo. Mario llega a la barra, se agacha detrás de ella. Los sicarios se tensan, apuntan. El comandante grita, “¡No te muevas!” Mario se levanta con las manos vacías. Tranquilos, solo voy a servirme un trago. Si van a matarme, prefiero morir con tequila en el estómago.
Toma una botella de herradura reposado, sirve un caballito, se lo toma de un trago. El líquido quema su garganta, sabe a decisiones irreversibles, a puentes quemados, a la vida que dejó atrás y que ahora regresa como un fantasma. Ahora quiero saber tu opinión. ¿Crees que Mario debió revelar su identidad o debió quedarse callado y dejar que los sicarios hicieran lo que quisieran? ¿Qué harías tú en su lugar? Déjanos tu respuesta en los comentarios.
Queremos saber qué piensas sobre la decisión que acaba de tomar el chivo. El comandante recupera su compostura, apunta directamente a la cabeza de Mario. No me importa quién fuiste, ahora eres un viejo en mi ciudad. El CNG controla Guadalajara. Tu tiempo terminó hace 20 años. Mario coloca el caballito vacío sobre la barra. 19 años. Y tienes razón. Mi tiempo terminó. Por eso me retiré.
Por eso abrí esta cantina. Por eso he servido tequila en lugar de matar gente durante casi dos décadas. Pero ustedes no me dejaron opción. Uno de los sicarios, un hombre delgado de 30 años con tatuajes de calaveras en los brazos, saca su teléfono celular, marca un número. Espera, comandante, déjeme verificar.
Habla en voz baja con alguien al otro lado. Mario escucha fragmentos. Dice que es el chivo. Sí, el de Sinaloa, 60 y tantos años. Cantina en el centro. El sicario escucha, su expresión cambia, palidece, cuelga lentamente, mira al comandante. Jefe, necesitamos irnos ahora. El comandante no se mueve. ¿Qué te dijeron? El sicario traga saliva.