El Cartel CJNG Invadió Una Cantina — Jamás Imaginaron Quién Era El Cantinero

Visten jeans oscuros, camisas negras, gorras con la visera baja, sicarios. Todo el mundo reconoce la postura, la forma de caminar, la frialdad en los ojos. El comandante, un hombre de 35 años con tatuajes en el cuello, grita todos al suelo ahora. Las conversaciones se cortan, los vasos caen. La rocola sigue tocando una canción de Vicente Fernández. Los clientes obedecen inmediatamente.

 

Se tiran al piso, manos en la nuca, rostros contra las baldosas sucias. Una mujer llora en silencio. Un joven tiembla tan fuerte que sus rodillas golpean el suelo. El comandante camina entre los cuerpos apuntando con su fusil. Buscamos a el chivo, un exicario del cartel de Sinaloa. Sabemos que se esconde por aquí. Quien nos diga dónde está, vive.

Quien mienta muere. Mario permanece de pie detrás de la barra. No se mueve. Sigue sosteniendo el trapo húmedo en su mano derecha. Su expresión no cambia. observa a los sicarios con la misma calma con la que observaría a clientes pidiendo otra ronda. Uno de los sicarios, un muchacho de 23 años con acné en las mejillas, lo señala. Tú, viejo, al suelo.

Mario no responde, no obedece, simplemente coloca el trapo sobre la barra lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El comandante se acerca a la barra con pasos pesados. Sus botas militares resuenan contra el piso. Se para frente a Mario, separados solo por la madera manchada de tequila. Eres sordo, abuelo te dije al suelo. Mario lo mira directamente a los ojos. No hay miedo en su mirada. No hay desafío tampoco.

Solo una quietud profunda, antigua, peligrosa. Esta es mi cantina, dice Mario con voz baja y ronca. Aquí no me arrodillo. El comandante sonríe. Es una sonrisa cruel, acostumbrada a la obediencia inmediata. Hace un gesto con la cabeza. Dos sicarios rodean la barra, agarran a Mario por los brazos, lo jalan hacia adelante.

Mario no resiste, deja que lo arrastren. Lo estrellan contra la pared junto a las botellas de tequila. Una botella de don Julio cae y se rompe. El olor a agabe inunda el aire. El comandante presiona el cañón de su fusil contra la frente de Mario. Última oportunidad, viejo.

¿Dónde está el chivo? Ahora que terminaste de leer el primer capítulo de esta historia, me gustaría saber algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Déjanos en los comentarios tu nombre y la ciudad desde donde sigues esta historia. Queremos saber quién está del otro lado de la pantalla acompañándonos en esta noche en la cantina El Refugio. Mario respira lentamente.

Siente el metal frío del cañón contra su piel arrugada. Huele el sudor nervioso de los sicarios, la pólvora reciente en sus armas, el miedo de los clientes tirados en el suelo. Ha estado en esta posición antes, muchas veces, hace 30 años. en otra vida cuando él era quien sostenía el arma.

“No sé quién es el chivo”, dice Mario con voz tranquila. “Nunca he escuchado ese nombre.” El comandante lo golpea con la culata del fusil en el estómago. Mario se dobla, cae de rodillas, tosce. El dolor es agudo, pero familiar. Ha recibido golpes peores. Ha sobrevivido torturas que estos muchachos ni siquiera pueden imaginar. Se queda en el suelo respirando profundo, esperando.

El comandante se agacha junto a él, le agarra el cabello blanco, le levanta la cabeza. Mientes, viejo todos en este barrio saben algo. Alguien vio a el chivo. Alguien lo escondió. Alguien le vendió comida. Uno de los sicarios, el muchacho joven con acné, camina entre los clientes en el suelo. Patea a un hombre de 40 años en las costillas.

¿Tú conoces a el chivo? El hombre niega desesperadamente llorando. No, señor, jamás he escuchado ese nombre. Lo juro por mi madre. El sicario le apunta a la cabeza. El hombre se orina encima. La mancha oscura se expande en sus pantalones. El sicario ríe. [ __ ] cobarde. Mario observa la escena desde el suelo. Ve el terror en los ojos de sus clientes. Don Refugio, el viejo de 70 años, tiembla violentamente.

La mujer que lloraba ahora reza en voz baja, un rosario apretado entre sus dedos. El joven de las rodillas temblorosas tiene los ojos cerrados como si no querer ver pudiera salvarlo. Mario conoce a estas personas. Vienen a su cantina desde hace años. Confían en él.

Creen que aquí están seguros y ahora están en el suelo, aterrorizados por su culpa. El comandante suelta el cabello de Mario y se pone de pie. Camina hacia el centro de la cantina. levanta su fusil y dispara tres veces al techo. El ruido es ensordecedor. Pedazos de yeso caen como nieve sucia. Los clientes gritan. Algunos se cubren la cabeza con las manos. El comandante grita sobre el eco de los disparos.

Escuchen bien. El CJNG controla Guadalajara. El cartel de Sinaloa ya no tiene poder aquí. El chivo es un perro viejo que necesita morir. Quien lo proteja muere con él. Mario se levanta lentamente, sus rodillas crujen, siente cada uno de sus 63 años en los huesos, pero también siente algo más, algo que había enterrado hace 19 años cuando decidió retirarse.

Una frialdad, una claridad, un instinto que nunca desaparece completamente, sin importar cuánto tiempo pase limpiando vasos y sirviendo tequila. Se apoya contra la barra, limpia sangre de su labio partido con el dorso de la mano. “Déjenlos ir”, dice con voz más fuerte. Ellos no saben nada. El comandante se voltea hacia Mario. Lo estudia con ojos entrecerrados. Hay algo en la postura del viejo cantinero que no encaja.

La mayoría de las personas a quienes apunta con un fusil tiemblan, suplican, lloran. Este viejo simplemente se para ahí sangrando, mirándolo como si los sicarios fueran una molestia menor. Y tú sí sabes algo, abuelo. El comandante camina de regreso hacia la barra. ¿Por qué defiendes a esta gente? ¿Qué te importa si mueren o no? Mario sostiene la mirada del comandante. No parpadea porque esta es mi cantina. Estas son mis reglas.

Aquí nadie lastima a mis clientes. El comandante ríe. Es una risa genuina, sorprendida. Tus reglas, viejo [ __ ] No entiendes la situación. Yo tengo el fusil. Yo pongo las reglas. Hace un gesto a sus hombres. Dos sicarios agarran a Mario nuevamente, lo arrastran hacia el centro de la cantina, lo tiran al suelo junto a los clientes atterrorizados. El comandante coloca su bota militar.