DUEÑO DISFRAZADO PIDE CAFÉ EN SU PROPIA EMPRESA, LA EMPLEADA LE ENTREGA UNA NOTA SECRETA QUE LO DEJA

Dueño disfrazado pide café en su propia empresa. La empleada le entrega una nota secreta que lo deja sin respiración.

Gabriel Mendoza ajustó la gorra desgastada que había comprado en una tienda de segunda mano y se miró por última vez en el espejo de su oficina privada. La barba de varios días, las ropas arrugadas y los zapatos gastados lo hacían irreconocible. Nadie en empresas Mediterráneo sospecharía que aquel hombre común y corriente era el mismo dueño que conocían solo por fotografías en los pasillos corporativos.

La idea había surgido después de una junta particularmente tensa con el consejo directivo. Los números de productividad habían caído drásticamente y las quejas de los empleados se acumulaban en su escritorio como hojas secas en otoño. Gabriel sabía que algo no funcionaba bien en su empresa, pero desde su torre de marfil en el último piso, la realidad del día a día se le escapaba como arena entre los dedos.

decidió que era hora de descubrir la verdad por sí mismo. Salió de su oficina por una puerta lateral que daba directamente al estacionamiento, evitando los elevadores principales. Su corazón latía con una mezcla de nerviosismo y anticipación. Nunca había hecho algo así antes, pero la desesperación por salvar su empresa lo empujaba a tomar medidas extremas.

La cafetería de empleados estaba ubicada en el segundo piso, un lugar que Gabriel había visitado solo una vez en ceremonias oficiales. Ahora, vestido como un trabajador más, se dirigió hacia allí con pasos inseguros. El ambiente era completamente diferente a lo que recordaba. Las mesas estaban llenas de empleados que conversaban en voz baja, algunos con expresiones de cansancio, otros con miradas de preocupación.

Gabriel se formó en la fila del café, observando discretamente a su alrededor. Los empleados parecían tensos y notó que muchos evitaban hacer contacto visual entre sí. Había algo en el ambiente que no podía identificar, una sensación de opresión que lo inquietaba profundamente.

Cuando llegó su turno, se encontró frente a una joven de rasgos delicados y ojos expresivos que llevaba una pequeña etiqueta con el nombre Beatriz. Sus cabellos castaños estaban recogidos en una cola de caballo práctica y a pesar de su sonrisa profesional, Gabriel pudo notar un dejo de tristeza en su mirada. “Buenos días. ¿Qué va a ordenar?”, preguntó Beatriz con voz amable pero cansada.

 

“Un café negro, por favor”, respondió Gabriel tratando de modificar su tono de voz para sonar más común. Mientras Beatriz preparaba el café, Gabriel aprovechó para observar más. Detenidamente. Sus movimientos eran eficientes, pero mecánicos, como si estuviera funcionando en piloto automático. Había algo en su postura que sugería una carga emocional pesada.

¿Es usted nuevo aquí?, preguntó Beatriz mientras le entregaba la taza humeante. Sí, es mi primer día, mintió Gabriel sintiendo una punzada de culpa por la mentira. Bienvenido entonces”, dijo Beatriz con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Espero que su experiencia aquí sea mejor que la de muchos de nosotros”.

Las palabras de Beatriz resonaron en la mente de Gabriel como una campana de alarma. Había algo definitivamente mal en su empresa, algo que iba más allá de los números y las estadísticas que veía en los informes. Gabriel encontró una mesa en una esquina desde donde podía observar sin ser notado. Mientras bebía su café, escuchó fragmentos de conversaciones que lo llenaron de inquietud.

Los empleados hablaban en susurro sobre favoritismo, injusticias y un ambiente laboral tóxico que parecía estar destruyendo la moral de todos. No puedo más con Roberto”, escuchó decir a una empleada en la mesa contigua. Cada día es peor. Si no fuera porque necesito este trabajo. Gabriel agusó el oído. Roberto Vázquez era el gerente de recursos humanos, un hombre que había contratado personalmente y en quien confiaba completamente.

Escuchar su nombre en ese contexto lo perturbó profundamente. “A mí me tocó el turno doble otra vez”, susurró otro empleado. Y cuando pregunté por qué, Roberto me dijo que si no me gustaba podía buscar trabajo en otro lado. La sangre de Gabriel comenzó a hervir. Esa no era la cultura empresarial que había querido crear.