El cartel CJNG irrumpió en un funeral — jamás imaginaron quién estaba dentro del cajón

Son las 7:34 de la noche cuando tres camionetas negras se detienen frente a la funeraria. Las puertas se abren y bajan 12 hombres armados. Van vestidos de civil, pero es imposible no reconocerlos. La forma de caminar, la forma de mirar alrededor, la forma de llevar las armas escondidas bajo las chamarras son depredadores y están cazando.

El líder es un hombre de 45 años con una cicatriz que le cruza el lado derecho de la cara desde la 100 hasta la mandíbula. Es el verdugo, comandante de sicarios del CJNG en la zona metropolitana de Guadalajara, responsable de al menos 50 ejecuciones personalmente, buscado por tres gobiernos, temido por todos. El verdugo hace una seña y los 12 entran a la funeraria.

Dentro del ataúd, Héctor escucha la puerta abrirse. Escucha pasos pesados, muchos pasos. Escucha murmullos asustados de los agentes disfrazados cumpliendo su papel. Escucha una voz dura ordenando, todos quietos. Nadie se mueve. Héctor aprieta su Glock. Todavía no. Espera. En las paredes falsas, 15 agentes contienen la respiración.

En el techo, 10 francotiradores apuntan a través de rendijas casi invisibles. Todos esperan la señal del comandante. Todos saben que si actúan demasiado pronto, algunos sicarios pueden escapar. Necesitan que entren todos. Necesitan cerrar todas las salidas. Todavía no. El verdugo camina por el pasillo central mirando a todos los presentes. Sus 11 sicarios se dispersan por la capilla revisando cada rincón.

Uno revisa el pequeño baño, otro abre el closet de limpieza, otro inspecciona detrás del altar improvisado. Están siendo cuidadosos, están siendo profesionales. El verdugo llega hasta donde está Roberto, se para frente a él y lo mira de arriba a abajo. Roberto mantiene la cabeza baja como si estuviera sumido en dolor.

El verdugo le habla con voz que suena casi cordial. Señor Medina, qué tragedia, ¿no? Roberto levanta la cabeza lentamente. Tiene los ojos rojos como si hubiera llorado. ¿Quién es usted? Pregunta con voz quebrada. Conocía a mi madre. El verdugo sonríe. Es una sonrisa sin humor. No estoy aquí por su madre, contador.

Estoy aquí por otra tragedia. 10 de mis hombres fueron arrestados hace tr días. Alguien los delató. Alguien que tenía información que solo una persona en todo Jalisco poseía. Roberto niega con la cabeza. No sé de qué me habla. Soy contador de pequeños negocios. Mi madre acaba de morir. Por favor, déjenme velarla en paz.

El verdugo saca una pistola y la apoya contra la frente de Roberto. Mentiroso. Tú trabajas para nosotros hace 12 años. Tú sabes todo y tú nos traicionaste. Los agentes disfrazados se levantan con expresión de terror perfectamente actuada. Uno grita, “Por favor, estamos en un velorio.

” Otro, “No hagan esto en la casa de Dios. El verdugo ni siquiera los mira. Siéntense todos o empiezo a disparar. Todos se sientan temblando dentro del ataúd. Héctor escucha todo. Su dedo se mueve hacia el gatillo. Todavía no. Faltan dos icarios por entrar completamente. Los ve a través del pequeño espacio entre la tapa y la base del ataúd.

Uno está junto a la puerta todavía, el otro revisando la mesa de firmas del libro de condolencias. Espera. El verdugo presiona la pistola más fuerte contra la cabeza de Roberto. ¿Dónde están los documentos originales? ¿Dónde están las copias? ¿Quién más sabe? Roberto, con valentía que no sabía que tenía, mira directo a los ojos del sicario. Hice copias de todo, las entregué todas. Ustedes ya perdieron.

Pueden matarme, pero ya es demasiado tarde. El verdugo inclina la cabeza como considerando las palabras. Entonces, te vamos a matar. Pero primero vamos a encontrar a Laura, a Daniela, a Miguel y les vamos a enseñar qué pasa con las familias de los traidores. Es la amenaza equivocada. Algo cambia en los ojos de Roberto. Toda su vida tuvo miedo por su familia.

Durante 12 años, ese miedo lo controló. Lo obligó a trabajar para criminales. Lo mantuvo callado mientras veía atrocidades. Pero ahora, en este momento, frente a este hombre que amenaza a sus hijos, Roberto Medina ya no tiene miedo. Tiene furia. No van a tocar a mi familia.

Dice con voz que no tiembla ni un poco, porque en unos segundos todos ustedes van a estar arrestados o muertos. El verdugo ríe. Es una risa genuina. Arrestados. ¿Por quién? Por estos ocho asustados. Mira alrededor, contador. No hay policía, no hay militares, solo hay gente y tu gente muerta. Hay un momento de silencio. Y entonces Roberto dice algo que hace que el verdugo deje de reír. Se equivoca. La policía. Sí está aquí.

50 agentes de operaciones especiales. Están en las paredes, están en el techo. Están afuera. Y hay alguien más, alguien que usted conoce muy bien. El verdugo frunce el seño. ¿De qué hablas? Roberto señala el ataúd. Pregúntele a mi madre. El verdugo mira el ataúd confundido. Tu madre está muerta. Eso es lo que querían que creyeran. Pero ábralo.

Confirme usted mismo. El verdugo camina hacia el ataúdamente. Sus on 11 sicarios se acercan también. Armas en alto, nerviosos. Ahora algo no está bien. Pueden sentirlo. El ambiente cambió. La trampa está cerrándose y apenas empiezan a darse cuenta. El verdugo pone las manos en la tapa del ataúd. La abre lentamente.

El interior está oscuro, solo se ve una figura acostada con traje gris. El verdugo se inclina para ver mejor y entonces el cadáver abre los ojos. No es mujer, no es vieja, es un hombre de unos 60 años con cara que el verdugo reconoce inmediatamente. Es imposible no reconocerlo. Ese rostro ha aparecido en periódicos durante 30 años.

Ese rostro ha sido objeto de amenazas, de intentos de asesinato, de recompensas de millones de pesos. Ese rostro pertenece al hombre que ha capturado más criminales del CJNG que cualquier otro policía en la historia de Jalisco. El verdugo retrocede con expresión de shock absoluto. No, no puede ser. Usted está retirado. El comandante Héctor Ruiz se incorpora lentamente dentro del ataúd. Sonríe.

Estaba retirado, verdugo. Pero volví para una última misión. Volví por ti. El verdugo levanta su arma hacia Héctor. Vas a morir, viejo. Héctor levanta su Glock con velocidad que desmiente sus 60 años. Puede disparar, pero mira alrededor primero y en ese momento exacto la trampa se cierra, las paredes falsas se abren y 15 agentes con fusiles de asalto emergen apuntando.

El techo falso se abre y 10 francotiradores aparecen con sus rifles láser apuntando a cada sicario. Las puertas laterales exploden y 15 agentes más entran en formación táctica. Los furgones funerarios se abren y 20 agentes rodean el edificio bloqueando toda salida. 50 puntos láseres rojos iluminan a los 12 sicarios. 50 armas apuntando, 50 dedos en 50 gatillos. Una voz amplificada llena la capilla.

Fiscalía Especial del Estado de Jalisco. Suelten las armas de rodillas, manos en la nuca. Este es su único aviso. Los 12 sicarios se quedan congelados. No hay salida, no hay manera de pelear. Son 12 contra 50. Son pistolas contra fusiles de asalto. Son criminales sorprendidos contra operadores de élite en posición perfecta. 10 de los sicarios sueltan sus armas inmediatamente y se arrodillan.

¿Saben cuándo perdieron? Saben que intentar pelear es suicidio, pero dos no. Un sicario joven de unos 25 años, probablemente en su primera misión importante, entra en pánico, levanta su pistola hacia los agentes y grita algo incoherente. No llega a apretar el gatillo.

Tres disparos de francotiradores lo impactan en el pecho. Cae muerto antes de tocar el suelo. El otro es el verdugo mismo. El comandante sicario mira a Héctor con odio puro. No voy a cárcel, dice. Prefiero morir. Levanta su arma, pero no la apunta a Héctor, la apunta a Roberto. Va en cámara lenta. El verdugo apretando el gatillo.

Roberto sin tiempo de moverse, Héctor levantando su Glock y entonces el disparo. Pero no viene de la pistola de el verdugo, viene de la Glock de Héctor. El comandante dispara una vez, una sola bala. Impacto perfecto en el hombro derecho del verdugo. La pistola del sicario cae al suelo. El verdugo grita y se agarra el hombro sangrando.

¿Has visto alguna vez a alguien enfrentar el peligro para proteger a otros? Cuéntanos en los comentarios qué hiciste o qué harías si estuvieras en esa situación. Héctor sale completamente del ataúd ahora. Glock todavía apuntando. Te dije que no ibas a escapar esta vez. 35 años te he perseguido. Hoy termina. El verdugo cae de rodillas sujetando su hombro herido. Mira a su alrededor. 10 de sus hombres ya están esposados. Uno está muerto.

Él está capturado y frente a él está el único policía que siempre respetó y siempre odió. Me tenías que haber matado cuando pudiste”, dice el verdugo entre dientes apretados por el dolor. Héctor se acerca y le pone las esposas personalmente. “Tuve muchas oportunidades de matarte, verdugo. 10 años persiguiéndote, cinco intentos de arrestarte.