A las 9 de la mañana, Roberto llamó a Carolina Vega. Ella contestó al primer tono como si hubiera estado esperando su llamada. “Roberto, ¿estás bien?”, preguntó con urgencia. “Saben que fui yo. Vienen a matarme hoy. 12 hombres. Voy a mandar protección ahora mismo. ¿Dónde estás?” “No,”, dijo Roberto. “Tengo una idea mejor.
Podemos agarrarlos a todos de una vez, pero necesito que confíes en mí y necesito mucha ayuda y necesito hacerlo hoy. Carolina escuchó el plan de Roberto en silencio. Cuando él terminó de explicar, hubo una pausa larga. Finalmente, Carolina habló. Roberto, es arriesgadísimo. Si algo sale mal, mueres. Si no lo hacemos, muero de todas formas. Pero si funciona, desmantelamos la célula entera del CJNG en Guadalajara. 40 hombres, quizás más.
Otra pausa. Está bien, te consigo todo, pero si sobrevivimos a esto, me debes la historia completa para cuando me jubile. Trato hecho, agente Vega. A las 10 de la mañana, Roberto llegó a las oficinas de la Fiscalía Especial en Guadalajara. Carolina lo esperaba con otras cinco personas, el fiscal general de Jalisco, tres comandantes de operaciones especiales y un hombre mayor de unos 60 años con cara de haber visto todo en la vida.
Roberto Medina, dijo Carolina, te presento al comandante Héctor Ruiz. Roberto estrechó la mano del comandante. Héctor Ruiz era una leyenda en Jalisco, 35 años en operaciones especiales, responsable de capturar a más de 200 criminales del CJNG, del cártel de Sinaloa, de los ETAS, hombres que habían puesto precio a su cabeza, sicarios que juraban vengarse de él.
Pero Héctor seguía vivo después de tres décadas, porque Ramis era más inteligente, más rápido y más implacable que todos ellos juntos. Se había retirado hace dos años para cuidar a su esposa enferma. Pero cuando Carolina le explicó la operación, Héctor aceptó volver por un último caso. “Señor Medina”, dijo Héctor con voz grave. Carolina me contó su plan.
Voy a ser honesto, es la idea más arriesgada que he escuchado en 35 años, pero también es la más brillante. Si funciona, esto va a cambiar la historia del combate al narco en Jalisco. Roberto asintió. Si no funciona, comandante, al menos muero haciendo algo que vale la pena. Héctor sonrió por primera vez.
Me cae bien usted, contador. Entonces, explíquenos exactamente qué necesita. El plan era simple en teoría, pero requería ejecución perfecta. La fiscalía esparía el rumor de que Roberto Medina había muerto de un infarto la noche anterior. La noticia llegaría a oídos del CJNG a través de informantes plantados. Organizarían un funeral falso en la funeraria Los Ángeles, una de las más conocidas de Guadalajara.
Roberto estaría presente como el hijo dolido organizando el velorio de su supuesta madre, doña Carmen Medina. El CJNG mandaría sicarios a confirmar que Roberto realmente estaba muerto. Cuando llegaran encontrarían el velorio, encontrarían a Roberto vivo y entonces atacarían. Pero no sabrían que 50 agentes de operaciones especiales estarían escondidos en la funeraria esperando ese momento exacto.
Y no sabrían que dentro del ataú cerrado el comandante Héctor Ruiz estaría acostado con chaleco antibalas, arma cargada y micrófono conectado, esperando el momento perfecto para levantarse y cerrar la trampa. “Tenemos 8 horas para preparar todo”, dijo el fiscal general. Coordinemos.
Las siguientes 8 horas fueron un torbellino de actividad coordinada con precisión militar. La fiscalía contactó al dueño de la funeraria Los Ángeles y le explicó la situación con completa transparencia. El hombre, don Tomás, que había perdido un sobrino de 22 años por violencia del narco 3 años atrás, no dudó ni un segundo. “Pueden usar mi funeraria”, dijo con voz firme.
“Si esto ayuda a atrapar a estos demonios, la tienen disponible el tiempo que necesiten.” Cerraron la funeraria al público con excusa de fumigación urgente por plaga de termitas. 50 agentes de élite de operaciones especiales llegaron en grupos pequeños durante la tarde. Ingenieros construyeron paredes falsas en dos salas laterales donde se esconderían 15 agentes.
Instalaron techo falso en la capilla principal, donde se ocultarían 10 francotiradores. Prepararon dos furgones fúnebres en el estacionamiento con 10 agentes dentro de cada uno. Los últimos cinco agentes se disfrazarían de dolientes en el velorio mismo. Mientras tanto, Carolina y su equipo esparcían el rumor.
Llamaron a tres informantes conocidos del CEJO TNG y les dieron la noticia. Roberto Medina murió anoche de infarto fulminante. Su funeral es hoy a las 7 de la noche en Los Ángeles. La familia está destrozada. Los informantes hicieron exactamente lo que la fiscalía esperaba. Corrieron a contarle a sus contactos en el cártel.
A las 3 de la tarde el verdugo ya lo sabía. A las 4 ya había organizado su equipo. A las 5 ya había dado las órdenes. 12 hombres, tres camionetas, confirmar la muerte personalmente. A las 6 de la tarde todo estaba listo. Los 50 agentes en posición, las armas cargadas, los micrófonos probados, las rutas de escape bloqueadas.
Carolina repasó el plan una última vez con Roberto en una oficina privada de la funeraria. Vas a estar en peligro real”, le dijo. Cuando entren van a apuntarte, van a amenazarte. No podemos intervenir hasta que estemos seguros de que entraron todos. Puede que pasen 5 o 10 minutos antes de que actuemos.
Roberto se ajustó los lentes con manos que temblaban ligeramente. 12 años trabajé para ellos con una pistola invisible en la cabeza. Puedo aguantar 10 minutos con una pistola real. Carolina puso una mano en su hombro. Eres valiente, Roberto Medina. Tu familia va a estar orgullosa cuando sepan la verdad. Si sobrevivo para contarles, respondió Roberto con una sonrisa triste.
A las 6:30, el comandante Héctor Ruiz se metió en el ataúd. Llevaba un traje gris elegante, chaleco antibalas debajo y una Glock 19 en la mano derecha. Un técnico le colocó un micrófono pequeño en la solapa y audífonos casi invisibles. Héctor se acostó, cruzó las manos sobre el pecho, escondiendo la pistola, y cerró los ojos. “Cómodo, comandante, preguntó Carolina con tono irónico.” Héctor sonrió sin abrir los ojos.
“He dormido en peores lugares, agente Vega. Una vez pasé 48 horas escondido en un tinaco esperando a un narcotraficante. Esto es un hotel cinco estrellas.” cerraron la tapa del ataúd. Roberto lo miró por un momento largo. Comandante Ruiz, dijo, “Gracias por hacer esto. Gracias por arriesgar su vida por la mía.” Desde dentro del ataúd llegó la voz amortiguada de Héctor.
No lo hago solo por usted, señor Medina. Lo hago por todas las familias que estos criminales han destruido. Por todos los niños que han quedado huérfanos. Por todas las madres que lloran hijos desaparecidos. Usted tuvo el valor de dar el primer paso. Yo solo estoy terminando lo que usted empezó.
A las 7 en punto de la noche, la funeraria Los Ángeles parecía un velorio normal. 40 sillas dispuestas en filas, un ataú cerrado al frente con flores y velas alrededor. Una foto enmarcada de una señora mayor con la leyenda Doña Carmen Medina. 1945 2025. Música sacra sonando bajo. Ocho personas vestidas de luto sentadas en silencio. Todos agentes disfrazados.
Roberto Medina estaba en la primera fila, solo, con la cabeza baja y las manos entrelazadas. Cualquiera que lo viera pensaría que era un hijo destrozado velando a su madre. Solo los que sabían la verdad podían ver la tensión en sus hombros, el sudor en su frente, el temblor casi imperceptible en sus manos. Dentro del ataúd, Héctor Ruiz respiraba lento y controlado.
Escuchaba todo a través de su audífono, la música, los pasos de los agentes disfrazados moviéndose discretamente. La voz de Carolina en su oído. Todos en posición, comandante. Esperamos su señal. En las paredes falsas, 15 agentes esperaban con fusiles de asalto. En el techo falso, 10 francotiradores apuntaban hacia la entrada. En los furgones, 20 agentes revisaban sus armas una última vez. Todos esperaban.