El cartel CJNG irrumpió en un funeral — jamás imaginaron quién estaba dentro del cajón

Quien entra al cártel no sale vivo, solo sale muerto. Antes de continuar, escribe en los comentarios el país y ciudad desde donde nos estás viendo. Nos encanta saber que nuestra comunidad crece en toda Latinoamérica y España. Roberto vivió esos 12 años con el alma dividida en dos pedazos irreconciliables. De día era esposo amoroso que preparaba café para Laura cada mañana.

Era padre presente que ayudaba con tareas de matemáticas y nunca se perdía eventos escolares. Era vecino amable que saludaba a todos y ayudaba a don Carlos con sus compras pesadas. De noche era otra persona. Revisaba transacciones de millones de pesos manchados de sangre. Transfería dinero que sabía venía de familias destruidas por las drogas. Balanceaba cuentas de operaciones que dejaban jóvenes adictos tirados en calles oscuras.

calculaba ganancias de un imperio que aterrorizaba comunidades enteras. Veía cada número en su pantalla y sabía exactamente lo que representaba: dolor, muerte, destrucción. Pero seguía trabajando, seguía moviendo ese dinero sucio, seguía siendo parte de la máquina porque la alternativa era perder a su familia y un padre hace lo impensable para proteger a sus hijos.

Su esposa Laura nunca sospechó nada durante esos años. Cuando Roberto llegaba tarde decía que tenía clientes difíciles. Cuando viajaba a reuniones secretas del cártel en Puerto Vallarta o Colima, decía que iba a capacitaciones contables. Cuando recibía llamadas a medianoche y salía nervioso, decía que era cliente con emergencia.

Laura lo creía todo porque confiaba en él y esa confianza era un cuchillo que Roberto sentía clavado cada día más profundo. Sus hijos, Daniela de 28 años y Miguel de 25 crecieron pensando que su padre era un hombre honesto que trabajaba duro. Daniela era maestra de primaria. Miguel estudiaba medicina.

Eran buenos muchachos, trabajadores, honestos, todo lo que Roberto quería para ellos, todo lo que él ya no podía hacer. Hace tr meses la vida de Roberto cambió para siempre. Fue un martes por la tarde cuando una mujer de unos 35 años entró a su escritorio. Se presentó como Carolina Vega, agente de la Fiscalía Especial contra el Crimen Organizado. Cerró la puerta y puso sobre el escritorio una carpeta con fotos. Roberto saliendo de una bodega del CEJ TNG en Tlajomulco.

Roberto reunido con el verdugo, comandante del cártel. Roberto depositando dinero en bancos de Panamá. Señor Medina, dijo Carolina, sabemos que trabaja para ellos bajo amenaza. No es criminal, es víctima. Podemos proteger a su familia si usted nos ayuda a desmantelar la organización. Roberto la miró con ojos cansados.

Agente Vega, usted no conoce al CJNG. Ellos matan gente en protección de testigos. Matan familias enteras, aunque se escondan en otro país. Si yo hablo, todos morimos. Solo que morimos más despacio. Carolina insistió.

Le habló de operativos exitosos, de testigos protegidos que hoy viven en paz, de la posibilidad de dormir sin miedo. Roberto escuchó todo y negó con la cabeza. Llevó 12 años con esta piedra en el pecho, agente. Puedo llevarla 12 más y eso significa que mi familia vive. Carolina dejó su tarjeta sobre el escritorio. Cuando cambie de opinión, llámeme porque va a cambiar. Todos tienen un límite.

Roberto guardó la tarjeta en el cajón más profundo de su escritorio y trató de olvidar esa conversación, pero Carolina tenía razón. Todos tienen un límite. El límite de Roberto llegó una semana después de aquella conversación con la agente. Era jueves por la noche cuando el verdugo llamó a Roberto para una reunión urgente. Roberto llegó a la bodega en Tlajomulco esperando revisar cuentas como siempre, pero esta vez era diferente.

En el centro de la bodega había una familia, un hombre de unos 40 años, su esposa joven y tres niños pequeños. Los cinco estaban atados, amordazados, llorando. El verdugo caminaba alrededor de ellos fumando un cigarro. “Roberto”, explicó, “Aquí don Javier me debe 5000 pesos desde hace 3 meses. Le di oportunidades, le di prórrogas, le dije que pagara aunque sea 1000 pesos por mes, pero don Javier pensó que podía jugar conmigo.

” Roberto sintió el estómago revolverse. “Señor, por favor, 5,000 pes. ¿Podemos arreglar esto de otra forma?” El verdugo aplastó el cigarro en el piso. Tienes razón, Roberto. ¿Hay otra forma? Sonrió. Que todos vean qué pasa con los que no pagan.

Lo que pasó esa noche, Roberto lo va a cargar en su conciencia hasta el día que muera. El verdugo ejecutó a don Javier primero, luego a su esposa, luego uno por uno, a los tres niños. El mayor tenía 8 años, el menor no llegaba a los cuatro. Roberto quiso cerrar los ojos, pero el verdugo le ordenó mirar. Esto es parte de tu trabajo, contador. Que sepas en qué negocio estás.

Roberto salió de esa bodega y vomitó en la calle durante 10 minutos. Llegó a su casa a las 3 de la madrugada. Laura dormía. Sus hijos dormían. Roberto se sentó en la sala oscura y lloró por primera vez en años. Al día siguiente revisó las cuentas del mes. El CJNG había movido 40 millones de pesos solo en Jalisco. 40 millones.

Y habían matado a una familia entera, incluyendo tres niños inocentes por 5,000 pesos, por una deuda que representaba 0,01% de sus ganancias mensuales. Roberto abrió el cajón de su escritorio y sacó la tarjeta de Carolina Vega que había guardado semanas atrás. marcó el número con manos temblorosas. Carolina contestó al segundo tono. Roberto habló con voz que apenas reconocía como suya.

Estoy listo ahora. Voy a acabar con ellos para siempre. Durante los siguientes dos meses, Roberto trabajó en secreto con la fiscalía especial. Copiaba documentos cuando nadie miraba. Fotografiaba pantallas de computadora, grababa conversaciones, entregaba todo a Carolina en reuniones discretas en cafeterías del centro, en bancos de plaza, en misas de domingo.

Poco a poco construyeron un caso sólido, nombres, fechas, cantidades, rutas, conexiones. Hace 3 días, Roberto entregó la información más valiosa, la ubicación exacta de 10 sicarios del CJNG que iban a recibir un cargamento de armas en Tónala. Carolina organizó el operativo.

50 agentes, 3 horas de vigilancia, 5 minutos de acción. Los 10 sicarios fueron arrestados con 20 fusiles de asalto, 50 pistolas y 20 kg de cocaína. Fue un golpe devastador para el cártel, pero también fue una firma de muerte para Roberto porque solo una persona en todo el CJNG tenía acceso a esa información específica, el contador. Esta mañana a las 8:30 el teléfono de Roberto sonó con un número que no reconoció, contestó con cautela.

La voz del otro lado lo heló hasta los huesos. Compadre, soy yo, Julián. Roberto casi dejó caer el teléfono. Julián Contreras, su mejor amigo de la infancia, el niño con el que jugaba fútbol en las calles de Analco, el adolescente que lo defendió cuando otros muchachos lo molestaban por usar lentes, el joven que fue su padrino de boda y ahora el sicario del CONG conocido como el cachorro. Roberto y Julián habían tomado caminos muy diferentes.

Roberto estudió contabilidad, se casó, tuvo hijos, construyó una vida honesta hasta que el cártel lo forzó a trabajar para ellos. Julián cayó en las drogas a los 20 años, entró al cártel a los 22, mató por primera vez a los 23. Ahora, a los 62 años, el cachorro era uno de los sicarios más viejos y respetados del CEJO TNG, un hombre que había visto y hecho cosas que le habían arrancado el alma hace décadas.

“Julián”, dijo Roberto con voz que temblaba, “¿Qué pasa?” La respuesta de Julián fue directa y devastadora. Escucha bien, porque no voy a repetir esto. Saben que fuiste tú. El verdugo tiene orden de matarte hoy. 12 hombres te están buscando ahora mismo. Orden son. encontrarte y ejecutarte en el lugar donde te vean. Roberto sintió que el mundo se inclinaba.

Julián, yo no no me mientas, compadre. Solo tú tenías esos datos. Solo tú sabías dónde iban a estar esos 10. Lo hiciste bien, los mandaste a la cárcel, pero ahora ellos van por ti. ¿Por qué me estás avisando?, preguntó Roberto. Te van a matar si se enteran que me llamaste. Hubo un silencio largo. Cuando Julián habló otra vez, su voz sonaba diferente. Más humana.

Porque tú fuiste mi mejor amigo antes de que yo me convirtiera en esto. Porque tu mamá me daba de comer cuando la mía estaba borracha. Porque tú me prestaste dinero para el funeral de mi hermana cuando nadie más me ayudó. Te debo más que lo que le debo al cártel. Así que te aviso una vez. Agarra a Laura y a tus hijos y vete a Estados Unidos hoy. Ahora.

Roberto tragó saliva. Gracias, compadre. No me agradezcas. Solo vete. Y Roberto, una cosa más. Cuando te vayas, no voltees atrás. Esta vida no perdona ni a ti ni a mí. La llamada se cortó. Roberto se quedó mirando el teléfono con el corazón desbocado. 12 sicarios. Orden de ejecución inmediata. No tenía tiempo. No tenía opciones, pero sí tenía una idea.